J. Antonio Domenech Corral

(INVESTIGACIÓN

 

LAS RELIQUIAS DE LA IGLESIA DEL PATRIARCA, ADMIRABLE Y BELLA FUNDACIÓN DE SAN JUAN DE RIBERA

Muchas fueron las virtudes de las que dio muestras en vida el Arzobispo-Patriarca Juan de Ribera. Lo recogen sus procesos: de beatificación por el papa Pío VI en 18 septiembre 1796 y de canonización por Juan XXIII en 12 junio 1960. Procesos de los que guarda copia el Archivo del Real Colegio Seminario por él fundado en Valencia. Pero hay una no muy conocida que, sin embargo, mucho influyó en la erección de su hermosa Real Capilla. Y fue su ferviente devoción por las reliquias de santos hasta el punto que, durante su vida, llevó siempre colgada del cuello una bolsita con las de su especial devoción. Y es que él quería que Cristo, sacramentado presente en su iglesia, se encontrase en ella como en el cielo rodeado de santos; pero ya que esto no podía ser, al menos lo fuera por el de sus reliquias. Además de por otra que alegó en sus Constituciones: «de cuya veneración han de resultar muchos bienes espirituales y temporales a esta nuestra Iglesia». Como la historia se encargó de demostrar.

La historia del culto a las reliquias de santos empezó con el de los mártires en los primeros siglos del cristianismo; al ser apresados, llevados al anfiteatro romano, arrojados a las fieras y, en un macabro espectáculo, ser devorados sus cuerpos cuyos restos, con riesgo de sus propias vidas, recogían de la arena otros cristianos aún no descubiertos por los soldados romanos. Si bien, con anterioridad a estas organizadas persecuciones ya se habían dado mártires, aunque no como consecuencia de una persecución masiva. Así la muerte del diácono San Esteban, considerado el protomártir cristiano, cuyos restos fueron recogidos para su veneración según nos cuenta San Agustín.

Ycon el transcurso del tiempo las reliquias de mártires llegaron a ser tan apreciadas por los cristianos, que arraigó entre ellos el afán por poseer algún fragmento para hacerlo objeto de culto particular en sus hogares. Al considerar que una reliquia de mártir en una casa era garantía de seguridad y atracción de las bendiciones divinas; derivando en un comercio de compra-venta y llegándose a pagar grandes cantidades por el cuerpo de un mártir; y hasta trabarse batalla entre ciudades por la adquisición de alguno en concreto. Comercio que favoreció en el s. IX la creación de sociedades destinadas a esta lucrativa finalidad; y en el s. XIII obligando al concilio IV de Letrán a prohibir la venta de reliquias si no las acompañaba un “certificado de autenticidad” expedido por una autoridad eclesiástica relevante, testimoniando que la reliquia en cuestión era auténtica por constar su extracción del cuerpo del mártir al que se decía pertenecer. Pues este comercio llegó a tales falsedades e ingenuidades que, en su trabajo “Libre pensamiento” el autor, Francisco Barba, afirmaba: «Hay reliquias variopintas repartidas por el orbe católico, como un estornudo del Espíritu Santo en una botella, en el Sancta Sanctorum del Vaticano». 

Por otra parte, también hubo reliquias que quedaron ligadas al sacrificio eucarístico al surgir la costumbre de su celebración sobre la tumba de algún mártir. Así en el año 269 el papa Félix I promulgó una ley respaldando este hecho. Ley que derivó más tarde en que no se permitiera la edificación de iglesia sino era sobre tierra que guardara algún cuerpo de mártir; y en el Concilio V de Cartago que no fuera consagrada ninguna que no contuviera alguna reliquia en sus altares; ocupándose del tema más formalmente el concilio de Trento, con debates que alentaron su ansia de posesión. Y no solo por eclesiásticos para sus iglesias y religiosos para sus monasterios, sino por los mismos reyes y nobles para las capillas de sus palacios; formándose relevantes colecciones de las que sobresalen tres en España. Una, la más famosa de la cristiandad, la reunida por el rey Felipe II en El Escorial, dentro de preciosos relicarios labrados por el orfebre, Juan de Arfe. Constaba de 800 piezas y se decía que contenía todo el santoral de la Iglesia en la época. Otra, la de la noble castellana, doña Magdalena de Ulloa, tutora de don Juan de Austria a quien crio en su palacio. Ella se valió del aprecio que éste alcanzó ante el mismo Papa Pío V tras la batalla naval de Lepanto ganada a los turcos, para conseguir importantes reliquias a las que dedicó una capilla en la Colegiata de Villagarcía de Campos (Valladolid).

               Y la tercera, importante por su relación con las de la Iglesia del Patriarca, la de la noble valenciana doña Margarita de Cardona, hija del Virrey de Cerdeña, dama de doña María, hermana de Felipe II, en la Corte de Madrid. Marchó con ella a Viena cuando ésta contrajo matrimonio con el emperador Maximiliano II. Ella a su vez se casó en 1555 con el noble checo Adam de Dietrischstein, Mayordomo Mayor del propio Emperador; y luego también de su hijo y heredero, el emperador Rodolfo II. Mientras que su esposa doña Margarita, gran amante de las reliquias, durante su estancia en Alemania lograba reunir gran número que le fueron donadas por el propio emperador, más por Arzobispos y Abades de monasterios que visitó durante su estancia en suelo germano.  Y ya viuda del noble checo, de regreso a la Corte de España junto con la exemperatriz doña María que también había enviudado, alcanzada por doña Margarita 60 años de edad, decidió donar todas sus reliquias al Patriarca y Arzobispo Ribera por dos motivos que alegó: “Porque sabía de su ferviente devoción por las reliquias de santos; y que no había otra iglesia en la cristiandad donde pudieran ser veneradas como en su Real Capilla fundada en Valencia”. Así que, dando a conocer al Patriarca su intención y aceptada por éste, formalizó la donación en escritura pública ante notario. En consecuencia, gran parte de las reliquias de la Iglesia del Patriarca son donación de esta dama; destacando el “Milagroso Crucifixo”, como lo denominaba el propio Patriarca, el cual se guarda en el retablo del Altar Mayor tras el famoso lienzo de Ribalta, “La última cena de Jesús”. “Crucifixo” del que un Viernes Santo fluyó sangre de la corona de espinas que rodea su cabeza, más otros milagros curativos que formalmente consta que obró.

Aunque ya el Patriarca había reunido buen lote de reliquias removiendo su influencia con papas, reyes y nobles; pero asegurándose que eran «auténticas», acompañadas de sus correspondientes certificados.Y para guardarlas erigió tras la sacristía de su iglesia la preciosa «Capilla de las Reliquias”; depositándolas dentro de un rico armario forrado de terciopelo rojo, cubriendo todo su muro derecho. Armario distribuido en cuatro gradas sobre las que se ordenan dentro de sus arquetas de plata; y que se cierra mediante dos bellas puertas labradas con fondo azul y florones dorados. De todas ellas, con sus guarniciones de oro, plata y piedras preciosas[1], hizo inventario el 10 de junio de 1604 y acta de donación a su Capilla ante el notario Andrés Aloy, junto con los testimonios de su autenticidad y procedencia.

Pero no se limitó el Patriarca a la sola adquisición de sagradas reliquias y su distribución en el bello armario descrito; sino que les dispuso pública veneración con un original ritual por él mismo conformado y detallado en la Consueta de su Capilla, titulado “Estación”. Para aplicarse el día en que la liturgia de la Iglesia celebra la festividad de algún mártir, beato o santo confesor, del que esta Real Capilla posee reliquia.  Siendo noticia novedosa que, luego de 414 años, los documentos originales de la identidad de estas reliquias han sido todos digitalizados gracias a un equipo de estudiantes universitarios dirigidos por el prestigioso profesor Dr. Daniel Benito Goerlich, Conservador del Patrimonio Cultural de la Universidad de Valencia y Director del Museo del Patriarca. Labor de la que personalmente me he servido, ocupándome en recoger gráficamente en un volumen todos estos documentos o “auténticas” redactados en latín, acompañados de mi traducción al castellano. Sin que falte el correspondiente índice; más otro nominativo alfabetizado de todos los santos de cuyas reliquias dan testimonio dichas “auténticas”. Un trabajo que hemos estimado práctico y de especial utilidad para investigadores en el tema. Al menos esa ha sido nuestra intención.

[1] En la invasión de Valencia en 1810 por las tropas napoleónicas durante la guerra de la Independencia, la Real Capilla del Patriarca fue asaltada y saqueada por el ejército francés, apropiándose de los relicarios de oro y plata y sus joyas insertas, si bien dejando intacto el contenido. Y una vez acabado el periodo de gobierno francés que se instaló en nuestro suelo, la institución del Patriarca procedió a reponer lo arrebatado; aunque ya no con la riqueza original.

J. Antonio Doménech Corral (Lic. en Estudios Eclesiásticos)

                         

     Puerta Capilla Reliquias                           Interior Capilla, a la derecha bellas puertas armario Reliquias

     

  1. El Patriarca, celebrando misa            Interior armario, Reliquias distribuidas en cuatro gradas
  2. en esta Capilla, elevándose                forradas de terciopelo rojo 
  3. sobre el suelo en el momento
  4. de elevar la Sagrada Forma.

 

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La preciosísima sangre

una fiesta valenciana por prerrogativa papal

J. Antonio Doménech Corral(LEVANTE, 1º julio 2014)

 El Corpus es la fiesta unificada del más sublime de los sacramentos de Cristo denominado Eucaristía. El de su Cuerpo (Corpus Christi) entregado y el de su Sangre (Sanguis Christi) derramada por la salvación del hombre. Desde antiguo eran celebradas por separado, en fechas distintas; pero con mayor solemnidad la del Corpus a partir de 1264, año en que el papa Urbano IV la dispuso de obligado cumplimiento en todo el mundo y, más tarde, implantarse la costumbre de sacar a la calle en procesión la Sagrada Forma encerrada en ricas y bellas custodias, siendo en esto pionera Valencia. Lo que no se hizo con el Sagrado Vino a pesar de que tampoco faltaban excepcionales celebraciones de la Sangre entonces. Por ejemplo en Mantua, a partir de que en el año 804 se descubriera en esta ciudad italiana la sepultura de Longinos, el soldado romano que clavó la lanza en el costado de Cristo y de cuya herida fluyó sangre y agua. Porque, junto a él, también se encontró el cofrecillo de plomo que había traído de Jerusalén conteniendo parte de esta sangre recogida en un paño, y la esponja empapada en vinagre de la que bebió Cristo clavado en la cruz. Sobre el lugar del hallazgo se erigió una magnífica basílica que guarda esta "preciosísima reliquia" autentificada por dos papas, León III en 804 y León IX en 1053, junto con los restos de San Longinos que, convertido al cristianismo, murió martirizado.

 Y si de la vieja Europa nos trasladamos al Nuevo Mundo, tampoco podemos silenciar la gran fiesta que toda una semana tributa el pueblo de Quiroga (México) a la Sangre de Cristo. La tiene por su patrono en la figura de un Cristo crucificado, elaborado con pasta de caña que es sacado en procesión. Devoción importada por el español, Vasco de Quiroga (1470-1565), nombrado por el emperador Carlos V Oidor de la Nueva España y que luego llegó a ser el primer obispo de Michoacán. Él a su vez la había recogido en España propagada por San Vicente Ferrer y los PP. Mercedarios, fundadores de muchas cofradías de la Sangre de Cristo en Cataluña, Valencia, Alicante y Murcia.

  Y por lo que se refiere a Valencia, ya el Patriarca San Juan de Ribera encontró el germen de esta devoción, al tomar posesión del arzobispado en 1569, en la antigua imagen del Cristo del Salvador llegado a nuestra ciudad en 1250 arrastrado por las aguas del Turia. Pues había corrido la noticia de que se trataba del mismo Cristo de Berito (Siria), desaparecido después que lo profanaron unos judíos en el año 765, volviendo a reclavarlo en la cruz y traspasar su costado con una lanza del que empezó a manar sangre que, recogida en vasos, curó a muchos enfermos. El santo arzobispo, llevado de su gran fervor por difundir también esta devoción de la Sangre, personalmente conformó a la fiesta una "Misa propia de la diócesis de Valencia" y un "Oficio de la Sangre de Cristo" que en 1583 obtuvieron la aprobación del papa Gregorio XIII. Además de fundar la orden religiosa de la "Preciosísima Sangre" con conventos en Valencia ciudad, Massamagrell, Albaida, Ontinyent, Castellón, Segorbe y Murcia, que hoy se extienden por los continentes africano y americano.

  La fiesta de la Sangre de Cristo fue reconocida como paralela a la del Corpus en 1849 por el papa Pío IX e incluida en el Ritual oficial de la Iglesia por Juan XXIII. Sin embargo, la reforma litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II decidió unificar ambas en una sola fiesta con el doble nombre "del Cuerpo y de la Sangre de Cristo" y suprimir la sola celebración de la Sangre. Si bien concediendo el privilegio de continuar festejándola aquellos lugares que por tradición la tenían de antiguo arraigada. Y en este caso Valencia que contaba además una sobrada razón para obtener este privilegio. Y es poseer en su catedral la copa o "Santo Grial" utilizado por Cristo en su Última Cena. Así que, a pesar de haber dispuesto la Congregación Romana para el Culto Divino en 24 junio de 1970 su decreto "Calendaria particularia", por el que suprimía todas las fiestas especiales concedidas con anterioridad al Concilio Vaticano II, y entre ellas "la Preciosísima Sangre", exceptuó a Valencia a petición de su arzobispo mons. García Lahiguera. De modo que hoy 1º de julio, y en toda la archidiócesis de Valencia, continúa celebrándose la otra gran fiesta eucarística de la Preciosísima Sangre de Cristo (Sanguis Christi).

 

 Capilla Sto. Caliz catedral Valencia    Vista Sto. Cal8iz            Fco. Gil, canónigo custodio Sto. Caliz

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Los «nacimientos» de la Iglesia del Patriarca

J. Antonio Doménech Corral (Publicado en el diario LEVANTE, 21 diciembre 2013)

Es sin duda la única iglesia de Valencia que tiene expuestos dos «nacimientos» de Jesús. Uno permanente, plasmado en un lienzo de Francisco Ribalta en el ático del monumental retablo mayor del templo, atrayendo las miradas de los fieles. Otro, transitorio para estas fiestas navideñas, pero sin riachuelos ni puentes, molinos ni norias, hornos ni fogatas llameantes. Ni siquiera pastores con su rebaño camino del establo o de la cueva de Belén donde, según corrió la voz, nació el anunciado Mesías de Iahvé. Porque sólo recoge las bellas y artísticas figuras modeladas de María, José y Jesús en la cuna, con la      mula y el buey que añadió a la escena el profeta Isaías. Así de formal y austero, como la ciencia teológica misma.

 Y es, que aún «constituyendo Jesús el acontecimiento central y polarizante de toda la historia salvífica humana», como testimonia el mejor manual de cristología, a lo largo de la historia han circulado dos corrientes teológicas válidas sobre esta salvación del hombre llevada por Cristo. La de los Santos Padres orientales, representados por San Ireneo (a. 202), que otorga al hecho de su Encarnación el valor automático de esta salvación «nos salva por el mero hecho de existir». Y la de los Santos Padres occidentales, representados por San Anselmo (a. 1098), «nos salva por el hecho de su muerte en la cruz, satisfaciendo por el pecado humano». Pero San Juan de Ribera formaba parte de ambas iglesias: de la occidental, como arzobispo de Valencia que fue; y de la oriental, como Patriarca de Antioquía que también era. Y así no debe extrañar que, al fundar la que denominó su Capilla del Corpus Christi, optara por resaltar en ella ambas corrientes de opinión: la oriental representada en ese «Nacimiento» de Ribalta apuntado; y la occidental en el gran crucifijo, considerado el más hermoso del mundo, que se ubica bajo el mismo «Nacimiento», oculto tras el lienzo de «La Última Cena», igualmente de Ribalta.

 Aunque San Juan de Ribera parecía inclinarse preferentemente por la doctrina oriental; ya que confesaba éste pensamiento en el único libro teológico que escribió, su «Loci Communes», en el que anotaba ideas y citas de la Biblia para sus alabados sermones (decían de él que predicaba «como un Santo Padre»). Porque, apoyándose en San Ambrosio, afirmaba que «la Navidad es la metrópoli de todas las fiestas; pues de ella dependen todas las demás: Reyes Magos, Corpus, Pascua, Ascensión... y sin la celebración de la Navidad no hay cristianismo».
Y abundando en esta preferencia, otros muchos cuadros sobre el nacimiento de Jesús adquiridos por él posee la institución del Patriarca en sus dependencias; pero el más valioso y celebrado, el expuesto en su museo, la «Adoración de los pastores» del Greco. Por la mejor visión sobre el tema que se haya plasmado.

      

 "Nacimiento" de Ribalta en ático retablo       "Nacimiento", ubicado en  crucero Iglesia, con                                                                               artísticas figuras s. XVIII


    Crucifijo tras el lienzo "Ultima cena"

                                                 Retablo de la Iglesia del Patriarca                

                                                     con  lienzo "Última cena" de Ribalta

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LA CRUZ CUBIERTA DEL CAMIREAL Y EL CORPUS

 Las "cruces de término" que señalan los antiguos límites de la ciudad de Valencia,  guardan retazos de nuestra historia que de vez en cuando conviene airear. Para que no caigan en el olvido para siempre. Cubiertas por bellos templetes que las resguardan del sol y de la lluvia, son como los obeliscos religiosos de Aragón llamados "peirones", o los "humilladeros" de Castilla; compuestos igualmente de una cruz de hierro o piedra labrada u otra imagen de la devoción popular. Pero su finalidad es distinta a las nuestras, pues allí sólo invitan a que la gente se arrodille y rece ante ellas porque bajo su patronazgo está consagrado el lugar. Las nuestras, en cambio,  además de señalar un término recuerdan un acontecimiento. Así la más antigua de todas, la gótica del "Camí Real" erigida en 1376 y en varias ocasiones restaurada a través de los años.  La última en 1949 con el aditamento de columnas y cornisas.

 Su memoria es el de un milagro eucarístico allí ocurrido un día de la festividad del Corpus, en que un vecino había enfermado gravemente y pedido que el cura le administrase el Viático. Acudió el de San Martín a cuya iglesia parroquial pertenecía la zona, con la solemnidad que se acostumbraba en la época; es decir, revestido con capa pluvial, apretando sobre su pecho la arqueta que contenía la sagrada hostia, arropándola con el paño de hombros; y acompañado por feligreses en procesión con cirios encendidos. Les precedía la cruz parroquial y un monaguillo tocando la campana para advertir el paso del Señor Sacramentado.

 Y  llegados al "Camí Real", pasado San Vicente de la Roqueta, "echaron de ver que se había arrodillado un hermoso mancebo ante el Señor que allí venía; pero con tan peregrino ademán, que se llevó tras de sí los ojos de los que iban en el acompañamiento. Por contra, no hizo lo mismo al volver el cura de administrar el Viático; porque ni dobló su rodilla, ni inclinó su cuerpo, ni quitó el sombrero de su cabeza ante la indignación de los presentes que vituperaron su irreverente conducta. Pero el apuesto joven, lejos de excusarse, invitaba a que preguntasen al cura la razón que tenía para comportarse de este modo". Y no hizo falta. Porque el cura que lo había escuchado, avergonzado, confesó la verdad a sus fieles: “Que por descuido mío no viene aquí (en la arqueta) el Sacramento.  Pues con prisas por terminar pronto la obligación de llevar el Viático, antes de salir de la iglesia no comprobé el número de sagradas formas que contenía la arqueta. Y sólo había una que he dado al moribundo". De modo que, a su regreso a la iglesia de San Martín, llevaba la arqueta vacía, sin el Señor. Y cuando el compungido sacerdote  levantó los ojos para mirar al joven, éste había desaparecido "entendiendo todos que se trataba de un ángel". Y es en razón del acontecimiento por el que se mandó levantar la artística cruz de término.

 Lo cuenta Escolano, rector de la iglesia de San Esteban y cronista del Reino, en su "Historia de la Insigne y Coronada Ciudad y Reino de Valencia" (1610). Y es que la fiesta del Corpus viene formando parte de la identidad del pueblo valenciano desde 1355, tras el acuerdo de su institución  alcanzado entre el Consell de la Ciutat y el arzobispo Hugo de Fenollet. Convirtiéndose Valencia en una de las ciudades pioneras del mundo católico en celebrarla. Y en celebrarla además con la original y solemnísima procesión que recorre sus calles.

 

  Casalicio eucaristico eregido en el antiguo Camino Real de Madrid

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UN GRAN ESCOLAPIO BAJO LA DETERIORADA CUPULA  DE LA IGLESIA CALASANCIA DE CALLE CARNICEROS

J. Antonio Doménech Corral (publicado en LEVANTE en 30 abril de 2013)

             Bajo la deteriorada cúpula de 28 m. de diámetro y 48 de altura de la iglesia del colegio de los PP. Escolapios de la calle Carniceros de nuestra ciudad, en su época el mejor que tuvieron en España y que este 2013 cumple 275 años de su inauguración, descansan los restos del  más ilustre  escolapio que ha tenido la orden calasancia, el P. Felipe Scio de San Miguel (1738-96).   Una negra lápida de mármol grabada latín con encabezamiento griego, en el centro del templo, da testimonio de la repercusión universal  de su obra. Nada menos que ser autor de la primera traducción española de la Biblia, editada en Valencia en la imprenta de los hermanos Orga (1793).

 Diez años empleó en esta labor el “sabio escolapio”, como era denominado en su tiempo. Muy importante, si se tiene en cuenta  que las traducciones que circulaban  por el mundo entonces contenían graves errores hasta el punto de prohibir su lectura el  Concilio de Trento. Benedicto XIV  (1740-58) tuvo que introducir una norma ratificada después por Pío VI,  el papa de la época de nuestro escolapio P. Scio, según la cual se autorizaba las versiones de la Biblia en los idiomas de cada país,  siempre que las traducciones fueran hechas por personas doctas católicas y añadiendo notas tomadas de los Santos Padres de la Iglesia. Y así lo hizo Felipe Scio en  su magnífica y perfecta Biblia en seis volúmenes, gracias a sus profundos conocimientos de las lenguas latina, griega, hebrea y siríaca, de los Santos Padres y de arqueología sagrada. Sin olvido de la ayuda que le prestaron insignes escolapios de su tiempo escogidos por él. Con razón esta Biblia fue denominada en su tiempo “la Biblia escolapia”, alcanzando gran prestigio internacional  hasta ser adoptada  en todos los centros religiosos como libro necesario de consulta, por su riqueza de notas, profusión de valiosas citas y una importante colección de 390 grabados dibujados por  renombrados autores valencianos.

 Los gastos de su edición corrieron por cuenta del rey Carlos IV, según testimonio del  propio escolapio en la “introducción” de su Biblia. Rey que le tenía en tan alta consideración, que consiguió del papa Pío Vi que le preconizara obispo de Segovia en  marzo de 1796; si bien no llegó a ocupar la  sede episcopal porque antes le sobrevino la muerte. Aunque también contó con  el aprecio de monarcas anteriores, como Felipe V  que le apadrinó en su bautizo; Carlos III que le nombró maestro de sus hijos; y  el mismo Carlos IV del suyo que luego reinaría como Fernando VII. El P. Felipe Scio no era valenciano;  pero en el clima templado de nuestra tierra y en el calor de su gente le gustó vivir  porque,  nacido en septiembre de 1738 en La Granja (Avila) aunque de origen griego -de la isla de Scio, de donde se había trasladado su familia para afincarse en España a comienzos del siglo XVIII- aquí  había encontrado  alivio a  una enfermedad que sufría.

 En estos días los medios de comunicación vienen ocupándose de la preocupación de los Rectores Escolapios por el grave deterioro de esta  iglesia que es también parroquial, especialmente de su cúpula. Sin que la Generalitat haya procedido a su restauración dados los recortes presupuestarios que le impone la actual crisis económica, pese a tratarse de un importante patrimonio artístico valenciano calificado Monumento Histórico, representativo del momento arquitectónico valenciano del último tercio del siglo XVIII. En estas circunstancias, no debería sentirse ajeno a la solución del problema el arzobispado a través de su Comisión Diocesana para la restauración y promoción de nuevos templos, ni la propia Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

Vista iglesia parroquial  y en el centro la lápida

                                                                                         Detalle inscripción en latín de la lápida

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LA CAPELLANÍA CASTRENSE, una institución promovida y fundada por el Patriarca San Juan de Ribera y el Rey Felipe III  

JOSE ANTONIO DOMÉNECH CORRAL  (Publicado en LAS PROVINCIAS el domingo 20 de febrero de 2005)      

Los actuales manuales de historia vienen asignando a la capellanía castrense española un comienzo demasiado generalizado. Al concretar en el tiempo esta solicitud, empiezan por recoger la presencia del sacerdote entre la tropa en la edad media; y en el siglo XVI conviviendo con los famosos Tercios Españoles.

Es en el XVII cuando aparece la jurisdicción específica de las capellanías castrenses regidas por Breves pontificios. El Papa Inocencio X instituye los Vicarios del Ejército con autoridad sobre los capellanes castrenses, quedando éstos desligados de la subordinación a sus respectivos obispos el tiempo que durasen las guerras. Vicarios que en el XVIII se reducen a un solo Vicario General con mando sobre los ejércitos; siendo nombrado el valenciano Carlos de Borja y Centellas.

 En 1736, el Papa Clemente XII extiende esta jurisdicción a todo tiempo, quedando constituida la capellanía castrense española con personalidad eclesiástica independiente de la diocesana.

 Mi buen amigo, José Blasco Aguilar, canónigo de la catedral de Segorbe y ex comandante capellán, conociendo mi labor investigadora en el Archivo del Patriarca me había rogado que, si llegara a mis manos algún documento que lo fundamentara se lo advirtiera. Porque los capellanes militares valencianos tradicionalmente han defendido siempre que el Patriarca San Juan de Ribera había sido el promotor de esta institución castrense; aunque sin poderlo justificar.

Y, efectivamente, localicé en el Archivo entre varias cartas reales una de Felipe III que permite deducir que el rey y el Patriarca fueron los artífices de la institución castrense. Es ésta, transcrita literalmente: "Muy Rdo. en Cristo, Padre Patriarca Arzobispo de Valencia del mio Consejo. Yo he mandado al Capitán Leandro de Lloris que levante en algunas partes de vuestro Arzobispado una compañía de infantería, y porque para que la gente della sea bien doctrinada y viva cristianamente, conviene que aya en ella un Capellán que haga el oficio de cura. Os encargo y mando que de los clérigos que huviere en ese arzobispado nombréys uno para el dicho hefecto, en quien concurran las latras y virtudes, Religión y suficiencia que se requiere, como de Vos lo confío parea que se pueda intentar.  El tiempo que sirviere se le pagará el sueldo a razón de seys escudos de arcas Reales al mes, demás de lo qual se ordena al dicho Capitán que le lleve en su compañía y le trate y respete como es razón, porque tanto mejor y con más libertad pueda usar su efecto. Y porque por lo pasado se a visto en otras que la mayor parte de los solicitos que a habido entre los capitanes y con las cosas de los lugares an sido notadas y ejecutadas  valiéndose para ello con los consejos de los curas y capellanes dellos, comom personas exemptas de la justicia seglar.  Os encargo y ordeno tengays cuenta de mandar y prohivir en vuestra Diocesi que ningún cura, capellan ni religioso  sea osado de tratar semejantes cosas, y castigueys  al que lo hiziere, para que con ello cesen los excesos  que por este camino se an cometido y como. Ordenaredes y proveyeredes en todo de manera que tenga esto de Vos  por muy servido de Valencia. A 22 de enero de 1599.- YO EL REY". 

De modo que, según esta carta que guarda el Archivo del Colegio del Patriarca de Valencia en su sección de "Cartas Reales", Rey y Arzobispo acordaron las aptitudes que debía reunir este tipo de capellán, su elección por la autoridad eclesiástica, trato respetuoso por la milicia, sueldo y manutención a cargo de las arcas reales y aplicación en Valencia a vía de ensayo. Y que el resultado fue el apetecido, lo avala los referidos Breves Pontificios promulgados después de esta experiencia y la solicitud de Felipe III al Nuncio en la Corte. El reconocimiento real le valió al Patriarca su nombramiento de Capitán General de Valencia. Y de la perpetua admiración de la clase militar, esa magnífica estatua erigida en el centro del claustro de la iglesia castrense de Santo Domingo.

       Como constancia del hallazgo y a los efectos oportunos que estimara el Arzobispado Castrense en Madrid, le remití información y una copia del artículo que publiqué en el diario LAS PROVINCIAS el domingo 20 de febrero de 2005.

 

A la izquierda, imagen de bronce del Patriarca y Arzobispo de Valencia, San Juan de Ribera, como Capitán General del Ejército que tiene erigida en el claustro gótico de la iglesia parroquial castrense de Valencia, antiguo convento de los PP. Dominicos, a la derecha.

 

Fotocopia de la carta Real

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         TRANSCRITA POR QUIEN ESTO ESCRIBE, ANTIGUO COLEGIAL DE BECA DE LA INSTITUCIÓN, LA “CONSUETA” ORIGINAL DE LA REAL CAPILLA DE CORPUS CHRISTI (IGLESIA DEL PATRIARCA) DE VALENCIA QUE DATA DEL AÑO 1620.

El término “consueta” proviene etimológicamente del verbo latino “consuescere” (=acostumbrar), en su forma adjetivada del participio pasivo declinable cuyo neutro plural es “consueta”; lo que traduce en nuestra lengua como “las cosas acostumbradas” o “lo que se acostumbra (hacer)”. Y por este significado ha sido utilizado por los latinistas eclesiásticos, desde siglos atrás, para aplicarlo al libro conformado por algunos templos mayores que recoge todo el ceremonial litúrgico de de la Iglesia según “se acostumbra hacer” en estos templos; a más de incluir también aquel otro ceremonial “propio” que presenta ciertas variantes sobre el litúrgico oficial, impuestas por la costumbre popular, pero con el visto bueno de la propia Iglesia.

Pero cabe advertir que el término “consueta” no todos los diccionarios lo contienen; y que se utiliza anteponiéndole tanto el artículo masculino como el femenino; aunque lo más corriente es el empleo del masculino por sobrentender el concepto de libro, el (libro) consueta. No obstante, en la Capilla del Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia se ha hecho siempre referencia a él como “la consueta”, dado que es así como lo denominaba el mismo Patriarca Joan de Ribera, su Fundador, según las siguientes palabras que dirigía a su Sacristán: “No se enfade de leer una y muchas veces la consueta”.

Pero ésta de la Iglesia del Patriarca de Valencia que termino de transcribir, y cuya edición estoy conformando, en mi opinión hay que considerarla como original y única, ya que ofrece una novedosa particularidad que la distingue de cualquier otra de templo alguno. Y es que, más que detenerse en la manera de proceder en ritos y ceremonias, lo hace en el tema de la limpieza y ornato de altares y capillas; disposición y utilización de los objetos de culto; luces y clases de ornamentos a emplear según la categoría de las festividades (de 1ª ó 2ª clase); conducta y compostura a observar por el diferente personal que atiende su Capilla, tanto en el interior como en el exterior del recinto sagrado. Y ello, entiendo, que se debe a una razón: que ya dispone de unas “Constituciones” (otras distintas también el Colegio Seminario) redactadas por el mismo San Juan de Ribera las que, desarrollado en ochenta y cinco capítulos, tratan todo el culto que oficia, los diferentes cargos que desempeñan los ministros que lo sirven, las distribuciones que perciben, el rico calendario de festividades que celebra y hasta las “penas” que se han de imponer a su personal por las faltas imputables a “flaqueza o malicia” que cometieren en el cumplimiento de sus obligaciones.

De manera que, supuesto todo lo anteriormente escrito, surge inevitable una pregunta: Si ya esta Real Capilla de Corpus Christi disponía de unas constituciones que regulaban todo su culto, ¿de quién partió y por qué motivo la idea de componerle además una consueta? ¿Cuándo se escribió y quién es su autor?

La idea nació del propio San Juan de Ribera según se afirma en el capítulo 3, número 1, del mismo libro. El Patriarca, de noble linaje, nacido y criado en un palacio -la residencia de sus padres eran palacios: el llamado “Casa de Pilatos” por parte de su padre, don Perafán de Ribera, duque de Alcalá, marqués de Tarifa y conde de los Molares, con el oficio de Adelantado Mayor de Andalucía, luego Virrey y Capitán General primero de Cataluña y después de Nápoles; y la “Casa de los Pinelos” por parte de su madre, doña Teresa de los Pinelos, de una rama afincada en Andalucía del antiguo y noble linaje genovés de los Pinelos; ambos en Sevilla- y acostumbrado, además, a tratar con la realeza, sabía la importancia que tenía en los palacios no sólo el protocolo en los diferentes actos públicos y privados, sino también el orden y limpieza que debían mostrar todas sus dependencias. El mobiliario que contenían, tapicería, alfombras, cuadros, objetos de adorno y hasta el personal que transitaba por ellas. Y que, para cuidar de esta limpieza y compostura -en su conjunto denominada “policía”- los palacios reales disponían de un responsable de mantenerla con el título de “el Caballero de la Policía”. “Al cual -decía el Patriarca- no había que considerarlo el menos importante de todos, pues cuida de poner todo en su punto de manera que no ofenda ni a los ojos de la Majestad Real, ni a los de de los que entraren allí”. Y añadía: “Y si en la casa Real hay lo que se ha dicho, en la de Dios también es justo haya este cumplimiento”… “Si esto se tiene en lo que es razón por servir al Rey, estímese y tenga en mucho más servir al Rey del cielo y de la tierra en esta su Iglesia”. Bellas palabras, bellas razones de un santo enamorado de su Señor Sacramentado.

Así, pues, a fin de que su Capilla de Corpus Christi, verdadero palacio real de su Divina Majestad Sacramentada, resplandeciera con el mismo orden, limpieza y compostura que el de un rey terrenal, establece en ella el oficio de “Ayudante de Sacristán”, cuyo principal cometido será el de hacer guardar esta “policía”, como la guarda en cualquier palacio real el repetido “Caballero de la Policía”; ahora bien, dejando advertido que, si por cualquier circunstancia quedare vacante el empleo de “Ayudante de Sacristán”, el responsable será siempre la persona del “Sacristán” cuyo oficio no puede nunca quedar en suspenso, al ser ejercido por uno de los sacerdotes o Colegiales Perpetuos de la Institución, al cual el santo Fundador dedica estas palabras: “Solo ruego al Señor Sacristán humildemente y de parte de Ntro. Señor le encargo, se muestre sumiso y muy celoso del culto divino en el aseo y policía de la Iglesia”.

En cuanto a la fecha en que fue escrita hay que advertir que se dispone de tres copias: la primera data del año 1620, la segunda de 1664 y la tercera de 1718. Las tres son la misma; es decir, la primera es original y las dos siguientes copias de esta original en las que han sido suprimidas las notas marginales que en ella constan, siendo por otra parte su caligrafía más clara y legible. Pero también hemos advertido lo siguiente:

La original no fue escrita de una sola vez sino al menos en tres etapas durante los años de 1616 al 1620, según se deduce de las manifestaciones del autor en tres capítulos diferentes del libro. Así, en el número 3 del capítulo 3, afirma: “Importa el cuidado en esto, pues así se ha conservado doze años que está puesta esta Iglesia”; y como quiera que su inauguración fue en el mes de febrero de 1604, es claro que en 1616 la estaba redactando. Pero en el párrafo segundo del capítulo 53, cuyo título es “Jueves día del Santíssimo Sacramento y su Octava”, anota lo siguiente: “Esto de limpiar la custodia y lo demás que aquí queda dicho, ha de ser para la octava del Santíssimo Sacramento; y si sucediere en ella venir algún santo doble, como sucedió en este año 1618 venir San Basilio, las horas y víspras son suias y la missa ha de ser del Santíssimo Sacramento”. Es decir, aquí concreta que esa parte de la consueta la estaba componiendo en el año 1618. Mientras que en el número 2 del capítulo 2, que trata de “La obligación del Ayudante de Sacristán”, afirma: “Pondré aquí lo que se a observado assí viviendo Nuestro Fundador y Señor, como después que está en el cielo por espacio de nueve años…”; y dado que el fallecimiento del Patriarca se produjo en la madrugada del 6 de enero de 1611, se está ocupando de su redacción en el año 1620. Lógicamente, las consuetas siguientes que solo eran copias de la original y representaba menos trabajo su redacción hay que suponer fueron compuestas dentro del año anotado en ellas.

Y por lo que se refiere a su autoría hemos de distinguir la formal y material. La formal de todas las normas contenidas sin duda corresponde al Patriarca, según sus palabras después de celebrada en su Capilla la primera festividad de la Octava del Corpus que tuvo lugar el año 1605: “Porque ha sido Dios servido de darme vida para dar principio a esta solemnidad, queremos que continúe en adelante como ahora se hace, como lo hemos dispuesto en la consueta que dejamos para regimiento de la Sacristía”. Y consecuente con esta voluntad, mantuvo un año cerrada su Capilla al culto público después de inaugurada con la presencia del rey Felipe III. Para instruir en ese tiempo a todo el personal que había elegido y ensayar cómo quería que se mostrara a los ojos de los fieles toda su “policía”; con qué gravedad, pausa y solemnidad las ceremonias de su culto para que alcanzara a ser el modelo de todas las del Reino y fuera de él como pretendía. Sin duda ensayos, instrucciones y correcciones que originarían notas, sobre las que el capellán de la Capilla con el oficio de “Ayudante de Sacristán”, mosén Sebastián Martínez, habría compuesto la consueta en 93 capítulos, manuscrita de su puño y letra como autor material. Y deducimos que la compuso él y no el propio Sacristán, por una razón: que el oficio de Sacristán es siempre exclusivo de un Colegial Perpetuo como dijimos anteriormente; y el autor, en el prólogo de la consueta, se autodefine simplemente como “humilde capellán” y no como Colegial Perpetuo o Sacerdote Perpetuo que son las denominaciones propias que utilizan siempre los rectores de la Institución; teniendo, además, presente que deja constancia de su firma en este prólogo y, aunque ilegible, sus rasgos permiten sugerir el apellido Martínez.

Pero hay otro argumento que refuerza esta suposición de la autoría; y es que, quien la escribiera debería haberlas practicado en la Capilla el tiempo suficiente para plasmarlas con exactitud en el libro. Condición que sobradamente cumple el capellán Sebastián Martínez al figurar ya como “Ayudante de Sacristán” en el año 1613; es decir, contaba una experiencia de tres años en la prebenda cuando empezó a componerla, continuando en el mismo oficio los años citados de 1618 y 1620.

Sin embargo, este problema de deducir el autor no lo presenta la 1ª copia, ya que anota su nombre en el prólogo que escribe: el Colegial Perpetuo con oficio de Sacristán en el año 1664, Joan Fco. Yváñez Aznar, quien justifica el motivo que le llevó a redactarla: “Por no haber más que la que está en la Sacristía y ésta estar tan mal tratada y sin índice”. Y en la 2ª copia también deja el autor su nombre: el Colegial Perpetuo Balthasar Mallent que desempeñaba el oficio de Sacristán el año 1718. Y como el anterior, expone también en el prólogo la razón que le ha llevado a redactar la nueva copia: “ha sido preciso poner y notar lo más ajustado a Rúbricas, por ser muchas las nuevas después de Urbano 8º (Papa) y otros en que han salido diferentes Decretos”.

Si bien conviene advertir que, durante los siglos XVIII y XIX, mediante notas marginales en las mismas consuetas, ya se hicieron constar aquellas modificaciones o innovaciones introducidas por la Sagrada Congregación Romana correspondiente que alteraban las normas originales hechas constar en cada una de ellas; mientras que a finales del XIX, concretamente en los años 1895 y 1896, de la consueta se extrajo aquellos puntos que interesaban al personal de la Capilla para la composición de un Reglamento específico de cada empleo, de fácil, pronta lectura y manejo. Reglamento que, con el transcurso del tiempo, disminución del personal e incluso modificación de las disposiciones litúrgicas y corales vigentes hasta entonces, fue perdiendo efectividad al no cuidarse su actualización; pero de cuya existencia, como testimonio, se guarda un ejemplar en el Archivo del Colegio que puede consultarse; y de lo que todavía en la actualidad pueden dar fe personas ligadas al servicio de la Institución, que lo utilizaron.

Finalmente, hay que reconocer el valor añadido de esta consueta como fuente histórica de costumbres de la sociedad valenciana en relación con esta Iglesia. Así, por ejemplo, por ella sabemos que sus Acólitos utilizaban “mosqueadores”, para ahuyentar las moscas que pudieran sobrevolar por el altar durante la celebración de las misas conventuales en el momento de la elevación de la Sagradas Especies. Que la capilla de la comunión estaba provista de una “pichera” de vidrio con agua y un vaso de plata, para dar a beber después de tomada la comunión a quien lo pidiera, limpiando el Acólito cada vez el vaso con un paño por la parte de su utilización. Que en las ceremonias de los Jueves, el Altar Mayor estaba provisto de “cazoletas de olores de rosas” para contrarrestar el que originaba la cera que allí ardía. Que a sus Oficios, en las fiestas solemnes, asistían siempre el Virrey y los Jurados de la Ciudad ocupando asientos forrados de terciopelo rojo en lugar reservado para ellos. Y que estaba dispuesto tuviera lugar la procesión del Corpus de la Ciudad en el claustro del Colegio, cuando por la lluvia no podía recorrer las calles. Igualmente estaba señalada como Iglesia suplente para los “Te Deum” o los funerales reales, si por cualquier circunstancia no pudieran celebrarse en la catedral.

Todo ello es muestra de la alta consideración y estima alcanzada por esta Real Capilla; sin duda fruto del fiel cumplimiento de las normas impuestas por San Juan de Ribera en esta consueta, logrando que efectivamente alcanzara a ser, como había pretendido, el “exemplar” para todas las iglesias, tanto del “Reyno de Valencia como fuera dél”. Por la majestad de su culto, elegancia en las prácticas litúrgicas, canto pausado de su Oficio divino, espíritu piadoso y devoción.

Ver algunos folios con ilustración gráfica

     

                 Cálices, copones, custodias,                     Dos vistas de la Sacristía                Frontales Altar Mayor

                  en su armario

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Las «emparedadas» de Valencia

J. Antonio Doménech Corral  (publicado en el diario  LEVANTE en  28 septiembre 2012)

 Cuando cumplía 1600 años que a un primer asceta cristiano le dio por retirarse al desierto a vivir su religiosidad de espaldas al mundo, inventando con ello la vida eremita; y 500 que a otros, reunidos en comunidad bajo distintas reglas en conventos erigidos en bellos parajes naturales, surgieron en Valencia mujeres que idearon otra manera más original y sencilla de vivir la suya: el «emparedamiento». Y es que, también el pueblo valenciano en el aspecto religioso, como en el artístico y cultural, se ha mostrado siempre creativo a lo largo de su historia. El «emparedamiento» llegó a ponerse de moda en el siglo XVI, llamado de oro del poderío español, del que alguien escribió que si había algún lugar interesante en la tierra, ése era España.

Se trataba de unos pequeños retiros entre cuatro paredes, ubicados en el interior de los propios domicilios, donde se encerraba de por vida una mujer „a veces hasta cinco„ para dedicarse a la oración y contemplación mística. Rara vez salían a la calle. De ordinario, jamás. La gente las conocía por «las emparedadas», alcanzando fama en nuestra ciudad las de San Andrés, Santa Catalina, San Esteban, Santísima Cruz y San Lorenzo; ya que eran así llamadas porque su retiro estaba junto a estas iglesias. Y en pueblos, sobresalían las de Onda y Bocairente.

Sin embargo, esta forma religiosa de vida no siempre contó con la bendición de la autoridad eclesiástica. Así, el arzobispo Pérez de Ayala (1566) llegó a prohibir que los sacerdotes fueran a sus casas a celebrarles misa y administrarles los sacramentos si no era en caso de su muerte. Mientras que el Patriarca arzobispo Juan de Ribera (1569) no tenía inconveniente en visitarlas para interesarse por su estado y tomarlas declaración de obediencia a la Iglesia. Consta en acta de una visita pastoral a la iglesia de San Lorenzo.

Todas las «emparedadas» alcanzaron gran popularidad; pero quizás la joven Inés Pedrós Alpicat, conocida por Inés de Moncada, concentró el mayor interés de la gente por su historia que se prestaba a todo tipo de leyenda. Porque había huido de su casa para vivir en una cueva del monte de Porta-Coeli, pero simulando su sexo vestida de hombre. Veinte años duró su retiro, hasta que murió. Otra «emparedada», Inés Soriana, fue la fundadora del convento de San Gregorio de la calle de San Vicente. Y Juana Zucala del monasterio de Nuestra Señora de la Misericordia, próximo a la calle de Quart, donde el Patriarca arzobispo San Juan de Ribera estableció a las monjas descalzas agustinas bajo la advocación de Santa Úrsula. Y también era «emparedada» Margarita Agullona, luego monja franciscana, cuya religiosidad admiraron santos como el mismo Juan de Ribera, Luis Bertrán y Nicolás Factor. Tuvo su retiro en la calle de las Damas hasta su fallecimiento en 1600, siendo enterrada en el convento de los Capuchinos de la calle Alboraya hasta que San Juan de Ribera inauguró su Real Capilla del Corpus Christi de la calle de la Nave en 1605; trasladando a ella los restos donde permanece su sepultura, próxima al altar mayor.

Esta forma piadosa de vida de las mujeres «emparedadas» subsistió hasta la invasión francesa de España en los comienzos del s. XIX, que conmocionó todo el mundo religioso español. En lo material, con el saqueo de iglesias y conventos; y en lo espiritual, anegándolo de las nuevas ideas racionalistas. No quedando entonces a las «emparedadas» de Valencia más remedio, que agruparse en las llamadas terciarias franciscanas de la hoy calle del Arzobispo Mayoral. Pues había acabado su forma de vida, como también había llegado a su fin la edad de oro de la espiritualidad española.

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LOS  “ENSOLADOS” DE SAN VICENTE MÁRTIR

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (publicado en el diario LEVANTE en  22 enero 2013)

               Tenía razón el historiador y cronista valenciano Gaspar Escolano al afirmar  en su  “Historia del Reino de Valencia” que San Vicente Mártir, junto con San Esteban y San Lorenzo, vino a completar la famosa terna de diáconos mártires de la Iglesia que, por el resplandor de su santidad y valentía en afrontar los tormentos, merecían el nombre de las tres estrellas del cielo llamadas “bordón”. Al menos, al igual que ellos, su martirio fue recogido en el martirologio romano, cantado en el himno V del “Peristephanon” de San Prudencio, celebrado en las homilías de San Agustín y hasta recitado en las iglesias el día de su festividad en una estremecedora “Pasio”.

            Y, al contrario que otros autores, también Escolano tenía claro el motivo del traslado de San Vicente desde Zaragoza a Valencia para recibir los tormentos. Y es que, nacido en Huesca, sus padres eran oriundos de Valencia y aquí tenía familia que podía ayudar a hacerle renegar de su fe. También que la razón del gran impacto que su martirio causó en el mundo cristiano de entonces fue la serie de prodigios que rodeó su muerte y los innumerables milagros conseguidos por su celestial mediación. Porque  hizo que los valencianos volcaran su predilección por el diácono Vicente y por todos los lugares que habían tenido alguna relación con él,  como cárceles, lugar de juicio o tormentos, calles que recorrió, columnas a las que fue atado, tierra donde fue arrojado su cuerpo después que lo devolviera el mar… Es decir, los llamados “lugares vicentinos”, distinguidos con tantos privilegios reales y papales después que fueron rescatados del dominio musulmán tras la conquista de Valencia por el Jaime I.

            Y entre estos privilegios, el más importante concedido por el rey  Conquistador que tenía a San Vicente, junto con la Virgen María, como el gran valedor en el éxito de la conquista de la ciudad, era el conocido por “los ensolados de San Vicente Mártir” que recoge Escolano. Consistía en que Jaime I concedió total inmunidad no solo a la Iglesia Mayor de Valencia o catedral, a la iglesia de San Vicente de la Roqueta,  a la iglesia de la cárcel de San Vicente y de la otra junto a Santa Tecla, sino también a las calles que iban de una a otra cárcel. Porque el joven mártir las había regado con su sangre cuando fue arrastrado por ellas. Y para que claramente se viera el privilegio que tenían, las mandó  ”ensolar” de piedras azules a fin de que: “los que huyendo de la justicia llegaban a poner los pies en aquel ensolado, quedaban totalmente libres”.

La pena es, como relata nuestro cronista, que sobreviniera después en la sociedad una relajación de costumbres, dando rienda suelta a la abundante comisión de delitos; porque ello sugirió a los Jurados de la Ciudad la conveniencia de abolir este privilegio real. Y así se hizo. De manera que las ensoladas calles de azul fueron “desensoladas”; si bien, por respeto a que seguían estando consideradas como lugar sagrado, el Consell del año 1393 decretó que nadie se atreviese  a tener “estercolar” (basurero) alguno en ellas: “Pues merecían respeto del cielo por haberlas santificado el invencible Vicente".

 

A la izq. el martirio de S. Vicente, de B. Matarana, en pintura mural del crucero en la Iglesia del Patriarca. Y a la dcha. imagen del santo mártir en la catedral, en andas, para salir en procesión

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 LAS DOS PROCESIONES CIVICAS VALENCIANAS

J. Antonio Doménech Corral  (publicado por el diario LEVANTE en  10 octubre de 2010)

Valencia, según su historia, tiene dos procesiones cívicas instituidas. Una vigente a celebrar cada año el 9 de octubre; y otra caída en olvido, a pesar de que oficialmente no conste su postergación, el 21 de noviembre. La razón de ambas es la misma: los musulmanes. También su finalidad religiosa: dar gracias a Dios. Difieren, en cambio, en el motivo de esta acción de gracias.

Porque, mientras de la primera consta ser el reconocimiento a la ayuda divina en la conquista de la ciudad, rescatándola del dominio islámico al que había estado sometida desde el siglo VIII e integrándola en el mundo cristiano de occidente; de la segunda fue conseguir la expulsión definitiva de las familias moriscas que, acogidas a la clemencia que mostró con ellas el Rey Conquistador, habían continuado en nuestra tierra. Pero sin abandonar sus costumbres y prácticas religiosas, a la vez que ofendiendo y profanando las nuestras.

La primera ha pasado a la historia con la denominación de «lo 9 d´Octubre» y luego «de la Senyera». Fue instituida por el rey Pedro I el Ceremonioso en 1338. Es decir, un siglo después de conquistada Valencia por el rey Jaime I constituyéndola nuevo reino dentro de la Corona de Aragón, pero totaliter aliter (totalmente otro distinto). Ya que fue ese tiempo el que se invirtió en dotarla de sus propias leyes (Els Furs), su gobierno (el Consell) y su moneda (el rial valencià). Dejando establecida para siempre esta procesión cívica precisamente el Consell de ese año,compuesto por els Jurats Joan Escrivá, Bernat Valldaura, Bertomeu Matoses, Nombert Clariana, Bernat Tapiols, Ramón Semboy, con el Justicia Criminal , Ramón Soler, y el Justicia Civil, Guillem Escrivá: «En recordacio de la felicissima entrada del sempre victorios Rey don Jaume de eterna memoria, que fonch en semblant día reduhida a la Fe santa de nostre Senyor Iesu Christ la present ciutat de Valencia de poder dels infels». Tengo entre mis manos un ejemplar de la «Crida de la processó y Festes del Glorios Bisbe y Martir Sent Dionis», editado en nuestra ciudad por el impresor Juan Bta. Marçal en 1638 celebrando el cuarto centenario del acontecimiento, donde consta literalmente lo dicho.

De la segunda procesión informa el ilustre Gaspar Escolano en su «Historia de la Insigne y Coronada Ciudad y Reino de Valencia» (1610), columnas 2001-2004: «El Consell de Valencia, para dexar eternizada la memoria de esta expulsión, determinó en el año 1610 que para siempre quedase la obligación de hacer una procesión a la parroquia de San Esteban el día de la Presentación de Ntra. Señora (21 Noviembre)... y se predicase la historia en la Iglesia Mayor (catedral) como se hace con la conquista del Reyno el día de San Dionisio». La primera de estas procesiones tuvo lugar en el año 1611, siendo su predicador el mismo Escolano como cronista oficial del Reino.

En ella no tomaba parte el Consell de la Ciutat. Sólo el cabildo catedralicio y los gremios con sus estandartes. Partía de la catedral y discurría por calles del Palau, Avellanas, Milagro, San Cristóbal y Libreros, deteniéndose en la Iglesia del Patriarca en memoria del Arzobispo Ribera que tanto trabajó por la inserción de los moriscos en la comunidad cristiana; para seguir y finalizar en la iglesia de San Esteban después de rendir homenaje a la Virgen de las Virtudes, en imagen que trajo consigo el Cid desde San Pedro de Cardeña (Burgos) y había donado a la que fue su parroquia en nuestra ciudad.

Esta procesión se mantuvo nada menos que 236 años, costeado todo su gasto por el Real Colegio Seminario de Corpus Christi, fundación del Patriarca y arzobispo Juan de Ribera. Pero advirtiendo en 1848 sus rectores que el Patriarca no había gravado expresamente las rentas de su fundación con la obligación de este pago, sino que fue asunto tratado como arzobispo en la sala capitular de la catedral, procedía en consecuencia que fuera atendido por el arzobispado. Advirtiendo que en lo sucesivo no correría por su cuenta. Pero ni el cabildo catedralicio ni el Ayuntamiento aceptaron costearlo, contribuyendo ambos a su desaparición.

Y sólo como testimonio quedó para la historia esta sencilla memoria, grabada en una lápida sobre los muros de la iglesia de San Esteban: « Reynando Philipe tercero Rey de las dos Españas y de las Indias, siendo Virrey en el Reynode Valencia don Luis Carrillo de Toledo, Marqués de Carazena, haciendo apretadas instancias para ello don Juan de Ribera Arzobispo de Valencia, todos los moriscos fueron echados del Reyno casi sin ningún ruido...»

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EL ÚLTIMO CEMENTERIO PARROQUIAL DE VALENCIA, en Benimaclet
José Antonio Doménech Corral (publicado en el diario  LEVANTE en 30 octubre 2010)

El tiempo que media entre los siglos XIII y XVII puede calificarse de edad de oro del cristianismo en Europa. Por su influencia en todos los ámbitos de la cultura, no solo religiosa sino hasta funeraria, ya que la totalidad de los cementerios eran parroquiales. En Valencia, la entonces alquería de Benimaclet era excepción; pues consta tuvo uno independiente en 1479 para enterrar a sus muertos, el "Fossar de Benimaclet", ubicado en el perímetro hoy de las calles: Altar de San Vicente, Bonaire y Garrofa.

Pero en 1594 el arzobispo San Juan de Ribera decidió crear una iglesia parroquial en lo que se había convertido en Señorío de Benimaclet, propiedad del cabildo catedralicio; elevando a esta categoría la pequeña ermita de la huerta en la que los labradores festejaban a sus patronos, los santos Abdón y Senén. Y sepultaban también a los fallecidos de su cofradía en un panteón denominado "Vas dels Sants" (vaso de los santos). A esta parroquia el arzobispo fijó una demarcación territorial que segregó de San Esteban, dio el título de Ntra. Sra. de la Asunción y nombró su primer cura, Miquel J. Guillermo de Moix (1595-1606), que le erigió el cementerio y donó el "Fossar" a la parroquia de Santo Tomás que no tenía. Así completó Valencia la tradición de los cementerios parroquiales.

La historia de lugares y pueblos va ligada a la de sus iglesias y curas que las gobernaron. Por este motivo importa cuidar los archivos parroquiales. Y en la iglesia de Benimaclet los mima su experto colaborador, Pedro Gómez Anaya, que ha reunido en un meritorio libro la historia de los 25 párrocos que la administraron. Por él sabemos que el cura 21 de orden en la sucesión, Francisco Catalá (1886-99), obediente a la cédula real 3 abril 1787 de Carlos III ordenando el traslado de todos los cementerios parroquiales de España a zonas despobladas -porque habían originado una peste que en Valencia se expandió con mayor virulencia- compró a su feligrés José Fco. Ciurana un campo de 6 hg. en plena huerta, al que trasladó el suyo. No le imitó el resto de párrocos ante el anuncio de la autoridad municipal de erigir un cementerio general a la ciudad. Cementerio que abrió sus puertas y bendijo el arzobispo Joaquín Company el 6 de junio de 1807. Quedó sólo parroquial el de la Asunción de Benimaclet.

Pero poseer cementerio no resulta rentable a una iglesia parroquial. Por la necesidad de fijar más caros sus servicios para mantenerlo con el personal suficiente y asumir además las pérdidas que origina. No puede competir con el municipal. Sirve de ejemplo el mismo de Benimaclet cuyos gastos mensuales no cubren muchas veces los enterramientos que atiende en ese tiempo

Sin embargo, también en este aspecto la iglesia de Benimaclet ha tenido el providencial regalo de contar en su historia con el párroco 25, Juan Luis Orquín, recientemente jubilado. Por sus dos grandes virtudes que marcan los 37 años que ha figurado responsable de ella: su hobby por la construcción y afecto por Benimaclet que le movieron a emprender grandes reformas en su templo y también cementerio que ha ampliado. Y al que, aún sin terminar, ha reconvertido en un elegante recinto alabado por los habitantes del hoy distrito de la ciudad que lo consideran "nuestro cementerio". Pero muchos desconociendo que es parroquial, propiedad de Ntra. Sra. De la Asunción, goza de total autonomía y se rige por sus propios estatutos.

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LAS SEPULTURAS DE LA IGLESIA DEL PATRIARCA DE VALENCIA

Es sabido que catedrales, iglesias y monasterios de toda España guardan, bajo el suelo o en los muros de sus capillas, sepulturas de reyes, nobles, ilustres eclesiásticos y miembros de linajudas familias. Privilegio de una larga época de confesionalidad religiosa que gozaba la Iglesia.

Pero la Real Cédula 3 abril 1787 de Carlos III, confirmada por la 26 abril 1804 de Carlos IV, ponía fin a este privilegio. ¿Razón? «Asegurar la salud pública» evitando el hedor de multitud de cadáveres en ellos yacentes; pues ordenaba la construcción de cementerios fuera del casco urbano y templos, si bien dando a la Iglesia la posesión de sus llaves aunque fueran erigidos con fondos municipales. Situación que cambió la II República por circular el 12 de enero de 1883, disponiendo que las autoridades municipales tuvieran otra llave independiente de la eclesiástica; lo que acarrearía con el tiempo la total secularización de los cementerios. Concretamente el 9 de julio de 1931 dependían ya solo de los municipios.

También la monumental Iglesia del Patriarca de nuestra ciudad acogió difuntos. Y no solo los ocho que sugiere el número de lápidas de blanco mármol sobresalientes en el pavimento; sino cincuenta más en una cripta bajo el presbiterio. Pero con una excepción respecto a otros templos. No se trata de nobles, afamados eclesiásticos o insignes personajes; sino de unos pocos que gozaron la amistad del patriarca Ribera en vida y dispuso fueran sepultados a su costa en el crucero de la Capilla por él fundada. Mientras que el resto fueron miembros de la Institución cumpliendo lo dispuesto por el mismo santo en el cap. LXXXII de sus Constituciones.

Los distinguidos con losa individual son los siguientes: Sor Margarita Agullona, la monja más popular de Europa en su época por llevar estigmatizadas en su cuerpo las heridas de Cristo en su Pasión. Lo fue hasta su muerte, en presencia del Patriarca, el 9 diciembre 1604. Yace en el crucero del templo bajo un cuadro de Ribalta con su imagen. Pedro Muñoz, el popular ermitaño de Puçol, ferviente devoto de la Eucaristía. Invitado por San Juan de Ribera a residir en su palacio arzobispal los últimos años de su vida, falleció a los 90 años el día de Corpus de 1610. También yace en el crucero bajo otro cuadro con su imagen. Los dos obispos auxiliares del Patriarca, Miguel de Espinosa y Alonso de Arévalo, 1º y 2º rectores que tuvo el Colegio-Seminario, fallecidos en 1601 y 1604 respectivamente. Reposan bajo la losa central del crucero, junto a la transversal que muestra dónde estuvo el cuerpo del fundador hasta su beatificación. Luis Pérez de Arganza, canónigo limosnero del Patriarca fallecido en 1604, próximo a la monja. El insigne teólogo, Francisco Mesa, próximo al ermitaño. Y junto a la verja de la capilla de San Vicente Ferrer, parte izquierda, Pedro Martínez Santos, criado del Patriarca enviado a París en 1601 a recoger la reliquia del santo valenciano obtenida por mediación de su arzobispo, el cardenal Gondi. Fallecido en 1625, el Patriarca ya había dispuesto su sepultura en ese lugar «en memoria perpetua de gratitud». Otra losa a la derecha de esta capilla, con nombre Jaime, quizás fuera también otro criado acompañante.

Los 50 de la cripta subterránea corresponde a 11 Rectores de la Institución, 27 capellanes, 2 organistas, 2 Maestros de Capilla, 7 penitenciarios y un infantillo (niño cantor de 9 años edad). Todos fallecidos entre los años 1686-1811. Sin embargo sus restos, en cumplimiento de disposiciones posteriores a la citada Cédula Real y abierto ya el Cementerio General de Valencia en 1807, fueron exhumados y depositados en su osario. La cripta permanece en la actualidad vacía. A todos ellos un piadoso recuerdo en el día de difuntos.

Lápidas junto gradas del Altar Mayor:  bajo la transversal estuvo el cuerpo del Patriarca hasta su beatificación; a partir de entonces en una vitrina del retablo de una capilla lateral del crucero de su Iglesia. Y bajo la otra lápida, los cuerpos de sus dos obispos auxiliaries. 

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CRUCIFIJOS

La figura de Cristo clavado en la cruz se denomina crucifijo, el signo por excelencia del cristianismo. Pero no así desde el principio, sino tras varios siglos de expansión de su doctrina, por razón de que las primeras comunidades cristianas tenían su trágica muerte «de necedad», según san Pablo en una de sus cartas (1 Cor 1,23). Y es que repelía a sus conciencias admitir al Hijo de Dios clavado en la cruz de la ignominia hasta el punto que las primeras muestras de arte cristiano «pasó» del crucifijo y lo representó vivo, joven e imberbe, como pastor que conduce su rebaño.

Tuvo que irrumpir en la historia Constantino con su visión de la cruz y celestial mensaje de «con este signo vencerás» para que, ganada la batalla de Puente Milvio (a.312) con ella dibujada en los estandartes romanos, se impusiera como distintivo de lo cristiano. Ahora bien, sin Cristo clavado hasta el siglo XI en que aparecen los primeros crucifijos; pero no sufriente, sino con brazos horizontales abiertos, pies clavados separados y en su cabeza una corona real en lugar de espinas. Son los crucifijos del románico.

Y cuando en el s. XV llega el arte gótico, el crucifijo pierde la rigidez anterior. Su figura no ostenta ya corona real, sino de espinas que hacen sangrar su cabeza; y los pies uno sobre otro traspasados por un clavo para mayor dramatismo. Se generaliza su expansión por el mundo. Sólo Valencia cuenta 172, según Andres de Sales en su libro «Cristo en la Diócesis de Valencia». De ellos, 13 monumentales en la capital , dignos de admiración en estos días de Semana Santa. Así el «Cristo de la Fe» (1604) en la iglesia de Santa Mónica; el del «Rescate» en la de San Esteban (1534); el popular Cristo del Grao (1413) o «el Salvador» en la iglesia del mismo título (1250). Sin olvidar al más antiguo, «Sant Bult», en la Xerea (1239).

Pero sobresale especialmente, por estar considerado el gótico más bello del mundo, el que guarda la Iglesia del Patriarca en un nicho del retablo del altar mayor tras el lienzo «La última cena» de Ribalta. De artista alemán, es regalo a San Juan de Ribera de la dama valenciana Margarita de Cardona (1601), camarera mayor de doña María, hermana de Felipe II y esposa del emperador de Alemania, Maximiliano II. Para que fuera venerado en su Real Capilla porque, a su juicio, «es la más devota del orbe cristiano». Puede verse el Viernes Santo en la ceremonia de la adoración de la cruz y cualquier viernes en el «Miserere».

Con todo, despiertan gran sentimiento de piedad siete pequeños crucifijos góticos de gran valor artístico, que en su recinto guarda el Real Monasterio de la Trinidad de Valencia. Son de madera policromada rondando su altura 30 cm.; pero mostrándose todos tullidos: uno sin piernas, otro sin brazos, o sin cruz o sin corona de espinas. Testimonio de la incultura de una horda de milicianos que en los primeros días de la contienda civil de 1936 asaltó el Monasterio. Sólo el de mayor tamaño (100 cm.), ejemplar en marfil del arte colonial hispano-filipino donado por los condes de Cocentaina, resultó el mejor librado con dos dedos rotos. Preside la sala capitular del Monasterio dentro de una hornacina, regalo en 1633 de doña María de Corella, condesa de la Puebla. Fue religiosa del monasterio que abandonó, sin llegar a profesar, para casarse; pero luego viuda, fijó su residencia en casa anexa siendo sepultada a los pies de este crucifijo, su última voluntad.

Sala capitular del Monasterio con su Cristo presidiendo 

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LA VIRGEN DE CASALICIO DEL PUENTE DEL MAR DE VALENCIA

JOSE ANTONIO DOMEENECH CORRAL (publicado en el diario LEVANTE en  12 MAYO 2012)

Según cierto manuscrito anónimo en la Biblioteca Real titulado: “Catálogo de todas las santas imágenes de Nuestra Señora que dichosamente se veneran en la Ciudad, Villas y Lugares en el Reyno de Valencia”, sólo a la provincia de Valencia en los comienzos del s.XVII correspondían 77. Con casi un millar de advocaciones distintas dando lugar a que un escritor apostillara a la Virgen como "la de las mil caras”. Lógicamente en este catálogo figuraba nuestra “Mare de Déu dels Desamparats” y su historia con 24 páginas. La más extensa. Sigue con 20 páginas la de Ntra. Sra. de El Puig. Y disminuyendo el resto.

De sobra conocemos los valencianos el origen de la devoción a nuestra patrona y de su primera imagen representativa en 1493, con el título de “Mare de Déu dels Innocents Martirs y Desamparats”. Y que “Innocents Martirs” fue suprimido más tarde, cuando el hospital creado para atender a los "innocents" y la cofradía para los gastos que ocasiona decidieron separarse. Sin embargo, no es tan sabido la influencia que en el arraigo popular de esta devoción tuvo el arzobispo Juan de Ribera. Porque, cuando en 1659 se hizo cargo del gobierno de la iglesia valenciana, el entusiasta fervor de los comienzos había decaído. Y empeñado en averiguar la causa la descubrió en la falta de celo de los que regían la cofradía entonces, promoviendo medidas que ayudaran a recobrar el entusiasmo perdido. Estas medidas fueron:

Conminar a los clavarios de la cofradía a cumplir sus obligaciones, en una visita pastoral que les hizo en 1572. Ampliar en 1574 los fines de la cofradía, para darle más vida. Aumentar el número y la dote de las doncellas casaderas, establecido por privilegio de Carlos V, añadiéndoles alojamiento e instrucción gratuitos en un edificio junto a la catedral. Aplicar el rito pontifical a los funerales que cada año se celebraba por los cofrades difuntos, para mayor realce. Obtener de Roma dos jubileos anuales que lucraran la visita de los fieles a la capilla de la Virgen; más otras indulgencias de los Papas Pío V, Gregorio XIII y Clemente VIII. Todo esto lo recopiló en un libro para uso de los fieles con gran éxito. Libro que hizo llegar a los reyes y nobles de España y también del extranjero, junto con dos preciosas láminas de la Virgen, en un sistema propagandístico sin precedente. Es más, habiendo sido nombrado por Felipe III Virrey y Capitán General de Valencia en 1602, proyectó erigir a la Virgen de los Desamparados una imagen de piedra con su casalicio en el puente del Mar, donde ya figuraba la Santa Cruz, similar a las de San Vicente Ferrer y San Vicente Mártir que estaban entonces a punto de ser instaladas en el puente del Real. Y aunque le sorprendió la muerte en 1611 antes de ver realizada su idea, al menos pudo comprobar que su esfuerzo por reavivar esta devoción logró su objetivo; ya que se vio obligado a ampliar la Capilla del Capitulet de la catedral donde se veneraba a la Virgen, para que permitiera acoger tanto devoto que acudía a visitarla.

Sin embargo, los Jurados de la Ciudad no olvidaron esta aspiración del arzobispo; y en 1709, aprovechando que una tormenta dañó gravemente el casalicio de la Santa Cruz en el puente del Mar, decidieron restaurarlo. Pero ya con la Virgen de los Desamparados bajo su techo. Y, aunque sufrió desperfectos en dos riadas posteriores y la total destrucción en nuestra contienda civil de 1936, el alcalde Gómez Trénor dispuso su reposición en 1944 con una nueva imagen encargada al artista Vicente Navarro. Afirma la ilustre profesora Elena de las Heras, en su libro "la escultura pública en Valencia", que "las obras escultóricas coexisten, narrando con su presencia la crónica de la ciudad como documentos del pasado y testigos de la historia..." Y efectivamente, ahí sigue cara al mar esta imagen de la Mare de Déu dels Desamparats. Como testimonio de aquel resurgimiento devocional perdurable a nuestra patrona, debido al hoy San Juan de Ribera.

La Virgen de los Desamparados en su casalicio del Puente del Mar, de cara al mar.- Y una vista de este puente de piedra, con el casalicio de la Virgen a la izquierda de la ilustración gráfica

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SANGUIS CHRISTI, la otra fiesta eucaristica

J. Antonio Domenech Corral             

Las dos grandes fiestas eucarísticas de la Iglesia Católica, la del Cuerpo y de la Sangre de Cristo ("Corpus” et "Sanguis Christi"), de antiguo venían celebrándose por separado, en fechas distintas. Aunque la del "Corpus" con mayor solemnidad desde que el papa Urbano IV, en 1264, dispuso fuera de obligado cumplimiento e introdujo la costumbre de sacar en procesión la Sagrada Hostia encerrada en el viril de ricas custodias. Lo que no intentó hacer con el Sagrado Vino.

Esto, sin embargo, no impidió que continuaran dándose grandes celebraciones de la Sangre de Cristo; algunas superando incluso a la del Corpus. Sobre todo en la ciudad italiana de Mantua, donde en el año 804 se había descubierto la sepultura de Longinos, el soldado romano que clavó la lanza en el costado de Cristo de cuya herida fluyó sangre y agua. Y junto a su cuerpo, el cofrecillo de plomo que se tenía noticia había traído de Jerusalén con parte de esta sangre recogida en un paño, de la esponja empapada en vinagre de la que bebió Cristo en la cruz. Porque sobre el lugar del hallazgo se erigió una gran basílica, reconvertida en 1472 en la actual, guardando esta "preciosísima reliquia" autentificada por los papas León III en 804 y León IX en 1053, así como los restos de San Longínos; ya que, convertido al cristianismo, murió martirizado.

También en el Nuevo Mundo sobresale la extraordinaria fiesta que durante una semana tributa a la Sangre de Cristo él pueblo de Quiroga (México), que la tiene por su patrono. Una devoción que importó el magistrado hispano, Vasco de Quiroga (1470-1565), nombrado por el emperador Carlos V Oidor de la Nueva España y luego obispo de Michoacán. Él a su vez la había recogido en España propagada por San Vicente Ferrer y los PP. Mercedarios, fundadores de muchas cofradías de la Sangre de Cristo en Cataluña, Valencia, Alicante y Murcia.

No obstante, y a pesar de que la fiesta de la “Sanguis” había sido al fin establecida formalmente por el papa Pío IX en 1849 paralela a la del Corpus; y también incluida en el Ritual Oficial de la Iglesia por Juan XXIII, la reforma litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II decidió unificarla con la del Corpus en una sola fiesta. Con el doble nombre de "Fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo". Si bien concediendo el privilegio de continuar celebrándolas separadamente aquellos lugares que las tenían ya tradicionalmente arraigadas. Y en este caso se hallaba Valencia que desde 1583, a súplica de su arzobispo San Juan de Ribera, había obtenido del papa Gregorio XIII la aprobación de la fiesta de la ”Sanguis” en nuestra archidiócesis, en mérito a su gran fervor eucarístico y labor pastoral en difundir esta devoción. Pues le había aplicado una "Misa propia de la diócesis de Valencia", y fundado la orden religiosa de la "Preciosísima Sangre” con conventos en Valencia ciudad, Massamagrell, Albaida, Albaida, Ontinyent, Castellón, Segorbe, Murcia, etc. Conventos que en la actualidad se extienden por los continentes africano y americano.

Un privilegio que en 1970 la Curia Vaticana renovó a Valencia a solicitud del arzobispo García Lahiguera, a pesar de que por su decreto "Calendaria particularia" todas las fiestas especiales concedidas con anterioridad al Concilio Vaticano II las había ya suprimido. De modo que, por privilegio papal en vigor, hoy 1º de julio celebra Valencia la otra gran fiesta eucarística de la "Preciosísima Sangre". Aunque sin el calor popular del Corpus.

En el grabado, el cáliz de San Juan de Riebra, un regalo del Rey Felipe III (obra del famoso arquitecto y orfebre florentino, Cenutti ) que él tenía en gran estima; y que donó a la iglesia de Bocairente (Valencia), como recuerdo de un grave conflicto suscitado en la población y que él se ofreció a intervenir para alcanzar una paz que logró.

Caliz del Patriarca que donó a Bocaitente en gracia a la paz alcanzada

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