J. Antonio Domenech Corral

                       PERIÓDICOS 

NOTA.-  Desde que en 1996 , gracias a  la admirada y prestigiosa periodista valenciana Directora del diario LAS PROVINCIAS, María Consuelo Reyna, publicara mi primer artículo periodístico titulado "San Juan de Ribera, político eminente" que se reproduce a continuación, más de 600 le han seguido en los diarios valencianos y algunas webs católicas. Pero puede decirse que María Consuelo Reyna ha sido mi maestra, pues me dictó pautas  y me corrigió. Gracias, doña María Consuelo. Y el tiempo acabó por revelarme que fui discípulo aprovechado; pues, sin yo saberlo, tuve un fiel admirador y seguidor en la persona que alcancé a ser su amigo y también admirador, Agustín Fuentes. Inspirado poeta, luego de algún tiempo me sorprendió con el obsequio de una poesía crítica sobre mi labor literaria que también reproduzco. Gracias, don Agustín. Yo a mi vez, a su fallecimiento, le correspondí con un sentido obitorio publicado en LAS PROVINCIAS. Ved todo lo expuesto a continuación:

   

Juicio crítico del poeta, Agustín Fuentes, a mi obra:

 J. Antonio Doménech

es hombre trabajador

y le presiento muy pío,

recto y sin ningún desvío

en su marcha de escritor.

Que compagina el fervor,

el dato fiel y la cita,

y clara la deja escrita

para ilustrar al lector,

 por medio del ordenador

y de Santa Tecla bendita.

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 Un sentido adiós a don Agustín Fuentes Alonso

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (LAS PROVINCIAS, 16 noviembre de 2004)

Su nombre poco o quizás nada diga a la mayoría de valencianos de hoy. Sin embargo su voz melodiosa, de agradable timbre y clara dicción castellana, se ha estado colando durante años a través de las ondas en nuestros hogares.
Agustín Fuentes fue el primer locutor que tuvo en nuestra ciudad Radio Nacional de España cuando se estableció en Valencia, hace ya 54 años. Se convirtió en el primero en retransmitir importantes acontecimientos, como la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados o la bajada de la Senyera del balcón del Ayuntamiento. Fue compañero estimadísimo de ilustres periodistas radiofónicos como Beneyto, Minguillón, Bonmatí, Hernández Perpiñán, Cruz Román, y tantos otros que lograron enraizar en nuestra geografía la primera emisora nacional. Con algunos de los citados tuvo un emotivo encuentro en el Real Colegio del Patriarca en el año 2000, recogido en LAS PROVINCIAS.

¿Y por qué en el Colegio del Patriarca? Porque durante 30 años de su vida, ya jubilado, fue como su segundo hogar a donde acudía todas las mañanas. Don Agustín era un gran humanista, dominador de las lenguas clásicas. Y esos treinta años los dedicó a colaborar con el ilustre profesor Ramón Robres Lluch en el conocimiento de San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia. Y no le faltó en vida el reconocimiento del doctor Robres, hecho constar en el prólogo de las obras: “Es de justicia reconocer la ayuda de tantos años de mi secretario particular D. Agustín Fuentes Alonso, viejo castellano, gran erudito y logrado poeta”.

Un capítulo aparte merece el tratamiento de sus poesías. Intachablemente correctas y bellas, rebosantes de gracia sus admirables décimas, satíricas, como de un moderno Quevedo denunciante de los gazapos diarios que se cuelan en toda la prensa escrita y que él achacaba a la falta de la figura del corrector, antaño necesaria en la redacción de los periódicos.
Se hace imperiosa su selección y publicación que él nunca descartó. Al contrario; tenía dispuesto que, si alguna vez veían la luz y llegaban a producir algún beneficio, éste iría destinado a los niños de la obra benéfica de San Juan de Dios. Y para ellos, desde su época de locutor de RNE, se vestía de rey mago cada Navidad.

Natural de Valladolid y venido a nuestra ciudad hacía más de medio siglo, se enamoró de Valencia y de todo lo valenciano haciendo suyo todo lo nuestro hasta su muerte el pasado día 6. Sólo por esto ya era merecedor, en justa correspondencia, a nuestra gratitud y a nuestro sentido adiós.

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 San Vicente Mártir, primer patrón de Valencia

J. Antonio Doménech Corral (Levante 22-1-017)                                                                        

Sobre San Vicente Mártir, nuestro primer patrón, todavía la historia guarda secretos difíciles de sacar a la luz. Porque nos quedamos siempre en conjeturas e hipótesis, aunque provenientes de autores de prestigio basadas en argumentos razonables. Por ejemplo: para Sanchis Guarner, en su «Historia de la Ciutat de Valéncia», en el año 304 nuestra tierra estaba poco evangelizada e ignorándose la razón que impulsó al prefecto romano en España, Daciano, perseguidor de cristianos por orden de su emperador Diocleciano, a desterrar de Zaragoza al obispo Valero y su diácono Vicente. Mientras que para Sanchis y Sivera, en sus «Estudios Históricos de la Diócesis de Valencia», simplemente «los mandó trasladar para que las penalidades y malos tratos inferidos en el camino hicieran flaquear la firmeza de su fe».

 Sin embargo es más lógica, en mi opinión, la hipótesis del cronista Escolano que, en su «Historia del Reino de Valencia», escribe que los padres del mártir, Eutiquio y Enola, aunque residentes en Huesca eran oriundos de Valencia y aquí tenían parentela. Y esto averiguado por el prefecto romano en su interrogatorio, trató que los familiares mediaran ante el diácono Vicente haciéndole desistir de su fe; porque dice Escolano, que «de no ser esto verdad, no entiendo que Daciano después de verter tanta sangre de mártires en Zaragoza reservara solo al obispo y su diácono para Valencia».

 No obstante de lo que no hay duda es, que mientras que al obispo, de la noble familia romana Valeria, le perdonó la vida gracias a la prerrogativa de ser ciudadano romano, a su diácono de 22 años de edad le aplicó los más crueles tormentos. Como garfios de hierro, el potro hasta descoyuntar sus huesos, un lecho incandescente sobre las carnes, para finalmente arrojarlo a una mazmorra alfombrada de casquetes de vidrio. Todo sufrido por el joven Vicente con gran valor y cuyas circunstancias recogidas   en una “Pasio” o actas que fueron leídas en todas las iglesias de la cristiandad, le ganaron una entusiasta devoción con el resultado de que se erigieran templos y catedrales dedicados con su nombre por todos los lugares del mundo. Y en nuestra ciudad la basílica de San Vicente de la Roqueta, donde se depositaron sus restos. Y junto a ella un monasterio y un hospital que dispuso el Rey Jaime I en memoria de su reconquista de Valencia, cuya empresa había puesto bajo la protección de la Virgen María junto con la de San Vicente Mártir.

  Es por otra parte digno de visitar y admirar hoy en nuestra ciudad, además de los llamados «lugares vicentinos», las dos mejores representaciones artísticas de su martirio. Una es el óleo del valenciano José Vergara ubicado en la puerta románica de la catedral, donado por el mismo pintor en el año 1790; y la otra el gran mural de Bartolomé Matarana en el crucero de la Iglesia del Patriarca pintado para su inauguración (1604): «San Vicente en la hoguera»; y sus anexos también murales, «Muerte de San Vicente» a la derecha; y «Vicente y su obispo Valerio ante Daciano» a la izquierda.

 

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 La milagrosa " canilla" de San Vicente Ferrer

J. Antonio Doménech Corral (LEVANTE, 01.04.2016)

 Los valencianos bien conocen la gran devoción que San Juan de Ribera (1532-1611) tenía a nuestro fraile dominico, patrón de la ciudad y Reino, San Vicente Ferrer (1350-1419). Pues así lo evidencia la hermosa capilla que le erigió en su Iglesia del Corpus Christi, en la calle de la Nave, toda ella decorada con pintura mural de B. Matarana y un hermoso lienzo de Ribalta en el retablo, alusivos al santo; como también la espectacular que cubre toda la pared lateral derecha del crucero. Menos, sin embargo, que tenía dispuesto ser amortajado con el hábito religioso a su muerte y sepultado en el convento dominico de Valencia, una de cuyas celdas había ocupado San Vicente Ferrer. Pero cambió esta determinación al edificar su Capilla de Corpus Christi, para que sus restos yacieran en ella. No obstante, hasta su muerte llevó ceñido a la cintura el cíngulo del hábito dominico que había portado su entrañable amigo, también dominico valenciano San Luis Bertrán (1526-81), a quien cuidó en su enfermedad y asistió en su muerte.

Pero sabiendo que Valencia carecía de reliquia importante de su santo patrón, yacente en la catedral de Vannes, pese a las varias solicitudes cursadas a los reyes de Francia, puso su empeño en conseguirla para su Iglesia. Y la obtuvo a través de su amigo el francés cardenal Pedro de Gondi, cuyo hermano, Jerónimo, era caballero de honor de la reina de Francia, María de Médicis (1573-1642), esposa de Enrique IV. Ella autorizó la entrega. Y abierta la sepultura en presencia de tres servidores enviados por el arzobispo Ribera a recogerla, se extrajo «la canilla segunda de la pierna entera y un pedazo de mortaja» que, con la firma de auténtica, se entregó a estos emisarios en un arcón. Hoy esta reliquia se expone a la veneración de los valencianos dentro de su relicario de plata, sobre el altar de su capilla, en cuyos muros se reproduce la escena de la multitudinaria recepción que le tributó Valencia en la Puerta de Serranos. Y constituye uno de los llamados «lugares vicentinos» digno de visitarse, como es ya tradición, junto con su casa natalicia, pila bautismal y celda que habitó en su convento.

Pero lo que el Patriarca arzobispo intuía se produjo. Y es, que a la llegada a tierra valenciana de la reliquia algún milagro sucediese. Y notorios fueron cuatro, según documento que guarda el Archivo del Patriarca: el primero acaeció en la población de Puçol, en cuyo convento capuchino de la Vall de Jesús quedó depositada la reliquia para ser recogida por el Patriarca llegado de Valencia. Jayme Ivañez, gravemente herido de una estocada en el pecho, besó un rosario que había tocado la canilla a este fin y al instante mejoró; pudiendo levantarse de la cama a los 4 días completamente curado.

En el segundo Jayme Gedro, recogido en el mismo convento para morir, «con una pierna podrida»; llevado hasta la reliquia «la besó y recobró la salud».

En el tercero Juana Sanchis, de Almenara, en cama sin esperanza de vivir, «besó un papel en el que había estado envuelta la Canilla, se sintió mejor y a los pocos días buena».

Y en el cuarto, Bautista Castelló, habitante en la calle Murviedro (hoy Sagunto) de Valencia, en cama a causa de una herida mortal recibida en su espalda, informado que la canilla pasaba por su calle camino de la catedral, a su paso pidió de rodillas la curación a San Vicente «y quedó completamente bueno».

Y el arzobispo Ribera, para perpetua memoria de la entusiasta acogida de Valencia a la reliquia de su patrón, tomó los siguientes acuerdos: Que al Caballero Jerónimo Gondy, en agradecimiento a su gestión, cada 29 de marzo se le hiciese aniversario por su alma en la Capilla de Corpus Christi. Que a la muerte de uno de los criados enviados a Vannes se le sepultase junto a la capilla del santo, y ahí yace. Que la festividad de San Vicente Ferrer fuese doble: además del día correspondiente, también el 26 de octubre de cada año que fue el día en que llegó la «Canilla» a Valencia en 1601. Y solicitar para ella, de Roma, el rito de 1ª clase y a su altar el título de «Privilegiado» para la concesión de indulgencias.

Lo que también consiguió a través del Duque de Lerma quien le remitió el esperado Breve, con la siguiente nota escrita de su mano: «Crea V. E. que es el Breve Pontificio más amplio que Su Santidad haya dado». Y aún el Patriarca dedicó tiempo a componerle personalmente unos «gozos» a la reliquia, entre los que cuentan los siguientes versos: «Hinque el hombre la rodilla/ a hueso tan excelente/ que en la Val de Jesucristo/ sanó a un herido y un cojo/ pues él sana con su canilla,/ una nueva maravilla».


La canilla entera (tibia) de la pierna de San Vicente Ferrer en su relicario en la Iglesia del Patriarca

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   A vueltas con San Mauro

J. Antonio Doménech  Corral  (Levante 6/12/2015)                                                                                                                        

Soy de opinión que los santos proclamados patronos de pueblos y ciudades velan por ellas y las protegen. Porque es su oficio. Y lo cumplen si responde la voluntad de la mayoría de sus habitantes. Una voluntad que se revela, como es obvio, cuando se celebra públicamente su fiesta. Y hago este preámbulo recordando que hoy es la festividad de San Mauro mártir, tercer patrón de Valencia (ciudad y Reino), con la misma categoría y privilegios según el acta de proclamación, que los otros dos: San Vicente mártir, el primero; y San Vicente Ferrer, el segundo. Es decir, merecedor como ellos de celebración eucarística solemne, fuegos artificiales y fiesta laboral para facilitar la asistencia a los actos. Y sin embargo, nada de esto que oficial y públicamente gozó San Mauro durante dos siglos atrás (de 1604 a 1809), va a tenerlo hoy. Como no lo ha tenido en los dos siglos siguientes (de 1810 hasta nuestros días). Aunque más lamentable es que ya la mayoría de los valencianos ignore este patronazgo, con título de «abogado del agua de la lluvia», otorgado por el Consell de la Ciudad el 7 de junio de 1631. Como también su vida, los hechos que lo motivaron y hasta que su cuerpo permanece entre nosotros en la rica y hermosa capilla de su nombre en la Iglesia del Patriarca, de la que también es patrón y nunca dejó de celebrarlo.

Reivindicando su memoria, nuestro diario Levante-EMV ya divulgaba en 2010 una reseña de su vida, de su martirio, y de la llegada de su cuerpo a Valencia en 1599 desde las catacumbas romanas, como regalo del Papa Clemente VIII al patriarca Ribera para su Iglesia que edificaba entonces en la ciudad. Y también el hallazgo de un documento en el archivo del Patriarca, revelador del motivo de la no celebración oficial y pública de su fiesta a partir del año 1810. Por el orgullo herido de un edil municipal de la época, Joaquín Guerau de Arellano, que movió a los regidores a negar su asistencia oficial a la fiesta, después que el rector de la Iglesia del Patriarca no le cediera el cuerpo del santo mártir para sacarlo en procesión por las calles de la ciudad. Porque, amenazada Valencia de invasión por el ejército francés en nuestra guerra de la independencia, pretendía unas «rogativas» implorando la victoria española. «Rogativas» similares a las que, en época de sequía y con éxito de lluvia para el campo, solían tener lugar. Pero la voluntad expresa del Patriarca, en las constituciones que legó para el gobierno de su Iglesia, era que la procesión transcurriese por la Iglesia del Colegio, no saliendo a la calle ninguna de las reliquias de santos que guarda. Lo que permitía el Rector y no aceptaron los Regidores que tacharon la negativa de desaire al Consistorio. Y desde entonces los Regidores dejaron de celebrar la fiesta del patrón San Mauro y de acudir a su misa, como siempre habían hecho con gran escolta de soldados, parafernalia de timbales, música y tracas.

¿Y por qué no recuperar su celebración oficial y los actos tradicionales de la fiesta? Quizás entonces, al ver nuestro patrón que no estamos reñidos con él y seguimos pública y oficialmente honrándole, volvieran nuestros resecos campos a recuperar su antaña bonanza gracias a «la suave y fecunda lluvia». Ya sé que la proclamada laicidad gobernante impide una vuelta al tradicional pasado; pero, aunque no fuera más que por honrar la memoria de sus antecesores que votaron tal patronazgo y benefició nuestra huerta durante dos siglos, valdría la pena intentarlo.

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La razón del cardenal

J. Antonio Doménech Corral (Levante, 27/11/2015)

 Cinco palabras de nuestro arzobispo, el cardenal Cañizares, pronunciadas en un círculo de estudio, conformando una oración gramatical sustantiva de primera con sujeto y predicado, dentro del contexto informativo del Forum Europa, desataron un ciclón de reproches hacia su persona, sentencias condenatorias hasta pedir su dimisión y solicitud de intervención incluso de la Fiscalía General del Estado. Todo un linchamiento, al parecer, perfectamente programado y dirigido. Y todo ello no solo en nuestro entorno autonómico, sino hasta a nivel nacional e internacional, simplemente haciéndose eco gratuito los medios de comunicación de afirmaciones lanzadas al vuelo sin la mínima comprobación. La oración en cuestión fue la siguiente: «No todo es trigo limpio», en referencia al masivo éxodo de emigrantes sirios huyendo de la guerra camino de Europa, solicitando su acogida.

Particularmente quedé perplejo por la conmoción desatada. Porque el mismo juicio, aunque con palabras distintas conformando oraciones gramaticales transitivas e intransitivas más duramente alarmantes, venían siendo tema diario en artículos de opinión de la prensa nacional. Que entre los emigrantes podían camuflarse terroristas dispuestos a actuar en nuestro continente, se escribía. Que quizás se debería imponer un control más riguroso, acogiendo solo a niños, mujeres y ancianos; y los varones aptos devolverlos a su país, alentándoles a su defensa y liberación. Pero bastó la prudente insinuación del cardenal valenciano para que se desataran las furias. Hasta el punto que, por las citas bíblicas y argumentos utilizados contra su persona y dignidad, quedé sorprendido del alto nivel que habían alcanzado en el dominio de la teología los indignados articulistas.

Pero los acontecimientos han acabado de dar la razón a nuestro cardenal quien, por otra parte, se mostró siempre sereno, prudente y callado. Sin réplica alguna a las duras diatribas lanzadas. Porque no solo trigo no limpio ha resultado ser uno de los asesinos terroristas de la masacre de París, sino hediondo y putrefacto. Me refiero al identificado por el mismo Ministerio de Interior serbio como Ahmed Almuhamed, solicitante de asilo en ese país el pasado 7 de octubre después de introducirse en Grecia como refugiado el 3 del mismo mes. Mientras que el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker afirmó que dos de los supuestos atacantes de París podían haber entrado en la capital gala a través de la llamada ruta balcánica que vienen utilizando los refugiados desde hace meses.

De manera que, a la vista de lo que se viene descubriendo cada día, bien merecía nuestro arzobispo cardenal una rectificación y petición de disculpas por parte de aquellos que públicamente lo descalificaron sin piedad. Como hasta la fecha solo lo ha hecho en este mismo diario su colaborador habitual, el prestigioso y admirado Matías Vallés, con su expresivo artículo titulado «Le pido perdón, cardenal Cañizares». Perdón que estoy seguro el cardenal le concederá expresamente, porque en su fuero interno lo tenía ya otorgado. Lo merece su ejemplar gesto.

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Las fallas, pioneras en la devoción de San José

 

    J. Antonio Doménech Corral   (LEVANTE, 07.03.2015)

Se puede decir que los sagrados evangelios han sido injustos con la figura de San José. Porque los de Lucas y Mateo apenas ofrecen unas cortas referencias sobre su persona, como su asistencia al nacimiento de Jesús en la cueva de Belén, la huida a Egipto para salvarle de la matanza de Herodes, o acompañando a su madre al Templo para cumplir la ley de Moisés en su presentación oficial. Pero sin que una palabra saliera de su boca, hasta el punto de haber recibido como apodo el nombre de «el santo del silencio». No obstante, lo que los evangelios y la misma historia le negó, se encargó de suplirlo la fantasía de las primeras comunidades cristianas, ávidas de conocer todo sobre el atrayente personaje. Y crearon otro evangelio apócrifo titulado «Historia de José el carpintero» que, si bien fue mirado en principio con recelo por la jerarquía eclesiástica, nunca condenado. Al contrario, Padres de la Iglesia como San Jerónimo y San Agustín reconocieron que «podía contener algo de verdad».

 Esta historia, escrita a principio del s. IV, se recitaba en los oficios religiosos de los monjes coptos de Egipto que fueron los primeros del mundo en darle culto. Porque la huella de bondad que dejó en este país José los 18 meses que allí vivió, hace que todavía se venere en El Cairo la cripta que aseguran fue morada de la Sagrada Familia. Y de Egipto se extendió su devoción por el resto de Oriente, siendo la madre del emperador Constantino, Santa Elena, la primera en dedicarle una capilla dentro de la gran Basílica que erigió en Belén el año 330.

 A Europa llegó, en los comienzos del primer milenio, importada por monjes del Monte Carmelo en Israel; siendo la abadía benedictina de Winchester (Inglaterra), hoy catedral, la primera institución de nuestro viejo continente que celebró una fiesta en su honor; y Bolonia (Italia) la primera ciudad que en 1129 le erigió una iglesia. Sin embargo, hasta mediados de ese milenio no logró extenderse su devoción por occidente, gracias a que el canónigo y gran canciller de la Universidad de París, Juan Gersòn, en el Concilio Ecuménico de Constanza (1414) recomendó su culto a los Padres conciliares, siendo ésta la circunstancia que favoreció su propagación. Aunque en España sufrió retraso hasta 1562, año en que la entusiasta Santa Teresa de Jesús, reformadora de la orden carmelita, empezó a fundar conventos bajo el patrocinio de San José.
Pero en Valencia, 65 años antes que viniera a nuestra ciudad la santa de Ávila dispuesta a fundar en nuestro suelo otro convento «San José», ya en 1497 el «Gremi dels Fusters» lo había proclamado su patrón. Y también había instituido en su honor la «cremà» de sus hogueras el día de la fiesta. Una fiesta popular en principio sin realce alguno religioso, hasta que el arzobispo San Juan de Ribera en 1609 le compuso la «misa de San José» con rito propio, incluyéndola en el misal suplementario de la diócesis de Valencia junto a las de sus tres grandes patronos, San Vicente Mártir, San Vicente Ferrer y Ángel Custodio. Y como las de estos, declarando igualmente obligatoria la asistencia a esta misa el día de su festividad.

 Una medida que tuvo importantes repercusiones para el futuro. Para Valencia, porque el «Gremi dels Fusters», y luego la Junta Central Fallera, asumieron la institución de esta misa comprometiéndose a asistir cada año a ella con toda la Corte fallera. Y para la Iglesia universal, porque movió al papa Gregorio XV en 1621 a declararla también de obligado cumplimiento para todo el mundo cristiano.

 

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UNA RELIQUIA DE SAN JOSÉ EN EL PATRIARCA

J. Antonio Doménech Corral (LEVANTE, 16.03.2014)

Dentro del mundo eclesiástico, desde el siglo XVI se considera a Valencia la ciudad más devota del patriarca San José. Antes lo había sido El Cairo que durante cuatro años había acogido a la Sagrada Familia, en su huida de la matanza de niños decretada por el rey Herodes, en una cueva sobre la que años después se levantaría la Iglesia de San Sergio (Abu Serga). Por la gran labor de los monjes de sus monasterios coptos en propagar esta devoción, hasta el punto de introducir en su canto de los oficios divinos la historia de su vida según el evangelio apócrifo «la vida de José el carpintero». Pero sin llegar nunca a superar a Valencia en entusiasmo y ruidosa popularidad, gracias a su fiesta de las fallas.
Porque en España, la introducción de esta devoción se debió a la reformadora carmelita, Santa Teresa de Jesús (1515-1582), a través de los numerosos conventos por ella fundados los cuales ponía bajo el patrocinio y con el nombre de San José. También en Valencia quiso fundar uno animada por su amigo el dominico valenciano San Luis Bertrán
, quien la puso en contacto con el arzobispo, Juan de Ribera, a este fin. Incluso llegaron a escoger el distrito de la Ciutat Vella para erigirlo. Pero fracasó el intento porque no hubo acuerdo en una condición que imponían ambas partes; y fue, que el arzobispo pretendía que el convento quedara sometido a su control como responsable que era de iglesia valenciana, y la fundadora que lo fuera exclusivamente de la orden carmelita.
No obstante, el tiempo que mantuvieron negociando no fue baldío. Al menos sirvió a Santa Teresa para transmitir al arzobispo su entusiasmo por la devoción a san José; y a éste a moverle a enaltecer la fiesta de las fallas añadiéndole un toque de solemnidad religiosa a lo que era entonces sólo una fiesta gremial, en torno a la quema de desechos de los materiales utilizados por los carpinteros en sus trabajos durante el año. Pero sin apenas tributar recuerdo alguno a San José, a pesar de tenerlo por patrón del Gremio. Y el arzobispo Ribera acabó con este confinamiento introduciendo en la fiesta el acto de honrarle con la celebración de una misa solemne, de obligada asistencia para el Gremi dels fusters y todos los fieles. Y como San José no tenía misa propia sino que se le venía aplicando la del «común de los santos», valiéndose de su influencia en la curia pontificia, obtuvo la aprobación de los textos litúrgicos para una misa propia de San José que, años más tarde, el mismo papa Gregorio XV estableció para la Iglesia universal siguiendo el ejemplo del arzobispo valenciano que en 1609 la había incluido en el misal propio de la archidiócesis de Valencia, junto a la de sus patronos, San Vicente Mártir y
San Vicente Ferrer.
Pero a nivel personal, un tema le había quedado pendiente al arzobispo Ribera sobre la devoción a San José, según la experiencia personal que le había transmitido Santa Teresa de Jesús: «Nada de lo que le he pedido siempre, ha dejado de concedérmelo». Y es, que amante como era Juan de Ribera de las reliquias de santos, no había conseguido ninguna de San José para completar las de la Sagrada Familia que poseía, de Jesús y de María, en su capilla del Colegio de Corpus Christi por él fundado. A pesar de haberlo pedido en sus oraciones. Sin embargo, dos siglos después de fallecido, quedó cumplido este deseo por mediación de los religiosos agustinos del convento San Pío V de nuestra ciudad. Porque, al decidirse en 1812 su desaparición para establecerse en él la Academia de Cadetes, que finalmente quedó inaugurada en 1819, los frailes donaron a la Iglesia del Patriarca la reliquia de San José que poseían, consistente en una pedazo de su túnica con la que envolvió a Jesús al nacer. Con el documento que garantizaba su autenticidad firmado por el obispo romano, Luis Radicati, ratificando el del cardenal Vicario de Roma, Fabricio Paulicci, de fecha 10 de abril de 1742.

      Arcón der madera con el manto de San José en la Capilla de las Reliquias de la Iglesia del Patriarca 

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 El «Kempis» inolvidable

J. Antonio Doménech Corral  (LEVANTE 18-09-2014)

«Vive tú primero en paz y podrás apaciguar a otros», o «no eres santo porque te alaben y vil porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres», o «vanidad de vanidades y todo es vanidad». Estos son tres ejemplos de los más de mil pensamientos que ofrece y guarda el pequeño e inolvidable libro conocido como el Kempis. Inolvidable para los que ya han cumplidos 70 años de edad, pero desconocido para la actual juventud por más que presuma de acabar estudios en una universidad católica o a punto de recibir órdenes sagradas tras el paso por una Facultad de Teología.
El verdadero título de esta obra, escrita en latín, es "De Imitatione Christi" (De la imitación de Cristo); y su autor, el monje agustino holandés nacido en Kempen, diócesis de Colonia, Tomás de Kempis
(1380-1471). Y es un rico acopio de normas religiosas, éticas y morales, conducentes a la santidad que todo cristiano debe asumir, fruto de la experiencia ascética y mística de este fraile, entregado durante 60 años a la dirección espiritual, cuando Europa empezaba a clamar por una reforma de la Iglesia que la volviera más santa. Pues se había apercibido de que mientras esta reforma no la acometiera cada cristiano en su vida personal, la escandalosa imagen eclesial de su tiempo no cambiaría.
Presentó entonces las bases de esta reforma, según su opinión, en un libro editado en 1472 con tanto éxito que en los 500 años siguientes precisó la tirada de continuas ediciones para satisfacer la demanda. Hasta el punto que, después de la Biblia, ningún otro libro ha conseguido superar ni su número de ejemplares ni de lectores. Mereció el juicio de fray Luis de León
, autor en 1536 de la versión castellana existente, de «encerrar la ciencia de la salvación» y ser «el más hermoso salido de la mano de un hombre».
Fue el predilecto de papas como Pío X, Pío XI y Juan XXIII, que recomendaron su lectura tan necesaria como la misma Biblia. De santos como Tomás Moro, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola o Juan de Ribera, quien manejaba una bella edición parisina de 1549 que puede admirarse en la biblioteca de su Colegio del Patriarca en nuestra ciudad. Y también de músicos como Beethoven; científicos como Ampére; o reyes como Luis XVI. Y es que, en alusión de Pío X,
es un «libro de oro» por encerrar tal conocimiento de la condición humana que sirve para todos los estamentos y condiciones de la vida «como el pan de todos y para todos». Algo insuperable.
Pero si esto es así, cabría preguntarse cuál ha sido la razón para que haya caído en el olvido libro tan valioso. Y suele argumentarse que el cambio de cultura espiritual introducido por el Concilio Vaticano II, respecto a la que se venía arrastrando desde el siglo XIV: antes más pietista e intimista, ahora más abierta al mundo exterior; antes más volcada en la contemplación mística, ahora más en el prójimo y en la problemática de su vida. Sin embargo, son razones que no terminan de convencer pero que me han movido a dedicar este artículo como un merecido recuerdo al autor y su obra cuando se acaba de cumplir la celebración de su festividad.
Porque quizás la mayoría de seguidores del Kempis, que consideran a su autor en los altares como beato, desconoce la circunstancia de que el príncipe-obispo de Colonia,
Maximiliano Handriken, introdujo efectivamente en 1688 su proceso de beatificación, fijó el día de su festividad el 30 de agosto y expuso a la veneración pública sus reliquias. Restos que descansan en la iglesia de San Miguel de Zwolle, ciudad próxima a Colonia, dentro de una espléndida sepultura que en 1897 le erigieron devotos lectores de todo el mundo con la acertada inscripción de: «Su nombre es más duradero que cualquier monumento». Al menos lo ha sido hasta hace unos años. Pero lo cierto es que su proceso de beatificación no llegó a su fin, quedando tan solo en Venerable para la Iglesia Católica. Si bien para la anglicana es santo.

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LA SEMANA SANTA DE MI RECUERDO

J. Antonio Doménech Corral (LEVANTE, 13 abril 2014)

  Nos hallamos ya introducidos en la que tradicionalmente se denomina Semana Santa, porque en su transcurso celebra la Iglesia el misterio pascual de Cristo constituido por su pasión (Jueves Santo), muerte (Viernes Santo) y resurrección (Sábado Santo). Si bien en su origen y hasta el siglo III solo contaban el viernes y sábado santos, añadiéndose entonces el jueves como final del tiempo de cuaresma que, con las abstinencias y ayunos impuestos, había servido de preparación a la gran celebración pascual.
Yo aún recuerdo la disciplina y radicalidad con que se vivía esta semana hace unas décadas, especialmente el jueves y viernes santos. Nada de músicas. Nada de cantos. Aparatos de radio a bajo volumen con melodías religiosas. Salas de baile, teatros y cines cerrados. Hasta bares y restaurantes, mientras que los edificios públicos y privados mantenían abierta una hoja de sus puertas de acceso en señal de luto. Solo había una distracción general, por cierto muy concurrida; y era la visita a los monumentos acondicionados en las iglesias que, como sepulcros, reservaban (y reservan) el cuerpo de Cristo presente en la Sagrada Hostia hasta la celebración pascual. Visita que las mujeres cumplían, como «manolas», vistiendo de negro, zapato de alto tacón, aderezadas con peineta y artística mantilla sujeta con broche de plata; mientras los hombres lo hacían con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Había una especie de «ranking» de afamados monumentos, cuya visita se hacía imprescindible por su riqueza de luces, cortinajes, alfombras y adornos florales en torno al dorado sagrario que albergaba al Santísimo. Eran éstos: el de las Reparadoras, Colegio Sagrado Corazón, San Nicolás, Catedral y, sobre todos, el admirable del Patriarca con sus 76 candeleros, blandones y blandoncillos de plata abarcando toda su Capilla de la Purísima, hasta el punto de conocerse mejor como Capilla del Monumento.
Entonces, la misa de Resurrección nada de vespertina el Sábado Santo; sino matinal el Domingo de Pascua a las 10.00 h., con volteo general de campanas en todas las iglesias al entonarse dentro de los templos el canto del «Gloria». Y en la calle, en muchos barrios, algarada popular con rotura de ollas y pucheros de barro estrellados contra el suelo como muestra de alegría y final del tiempo del respetuoso silencio. Con repetitivo disparo de espontáneas tracas. Sin embargo, hoy todo ha cambiado. Ni se impone el silencio, ni se prohíben los espectáculos públicos, ni viste de luto quien acude a los monumentos para «hacer las estaciones» y «ganar indulgencias». Todo ese ambiente y folclórico paisaje urbano ha desaparecido absorbido por una nueva preocupación: Las vacaciones de Semana Santa. ¿Hará buen tiempo? ¿Adónde iremos? Ignoro si esta radical transformación se debe a las nuevas normas emanadas de la Constitución sobre Sagrada Liturgia del concilio Vaticano II, al creciente europeísmo español, al general laicismo de la sociedad, o a las tres causas a la vez.
Pero tampoco hay razón para lamentarse, porque se ha ganado en libertad y sinceridad. Libertad sin prejuicios para optar por una semana santa religiosa, o una Semana Santa turístico-ociosa. Y sinceridad para unirse al pregón pascual que la Iglesia proclama para todo el mundo asistente o no asistente a sus oficios: «Goce la tierra inundada de tanta claridad/ radiante con el fulgor del Rey eterno/ y se sienta libre de la tiniebla/ que cubría el orbe entero... ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra/ lo humano y lo divino!

Artístico y rico monumento Jueves Santo del Patriarca de hace unas décadas al que hubo de renunciarse, por lo costoso de su montaje y posterior desinstalación en la Capilla de la Purísima o de los Tapices.

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 El Corpus del Patriarca

J. Antonio Doménech Corral (LEVANTE, 26 junio 2014)

Con el mismo espíritu religioso que hace 409 años, la Iglesia del Patriarca celebra hoy su fiesta de la Octava del Corpus, instituida por su fundador, San Juan de Ribera. Con el original ceremonial que él había conformado, inspirado en el utilizado por el rey David en el traslado del arca de la Santa Alianza del Antiguo Testamento; y en cumplimiento de su voluntad expresada con estas palabras: «Porque ha sido Dios servido de darme vida para dar principio a esta solemnidad, queremos que continúe en adelante como lo hemos dispuesto en la consueta que dejamos para regimiento de la sacristía». En efecto, el sacristán-sacerdote de la institución, su acólito-ayudante y demás personal de la sacristía, siguen al pie de la letra todo lo dispuesto por el santo Patriarca en el libro que recoge todo el ceremonial que se oficia en su Capilla. En especial los capítulos 52 al 58 titulados «lo que en esta Iglesia se hace para la fiesta del Santísimo Sacramento». Desde la limpieza exhaustiva de toda ella y objetos de culto, hasta el ornato de altares con sus hermosos frontales damascados y el ensayo de toda la música instrumental y coral que acompañará los oficios de la mañana y tarde.

 Una fiesta que antaño contaba siempre con la presencia del virrey de Valencia, acompañado de su numerosa escolta de soldados que hacían guardia en las puertas del Colegio y de la Iglesia. También del Consell en pleno y de los Jurados con los tabales y trompetas de la ciudad. Y que gozó de inusitado esplendor en su primera centuria, cuando su programación incluía representaciones de autos sacramentales en lengua valenciana en el claustro renacentista del Colegio, siendo los preferidos «El Castell d´Emaus» y «L´Església militant», dedicadas por su autor, el valenciano Juan de Timoneda, «al ilustrísimo don Joan de Ribera, Patriarca de Antioquía, arzobispo de Valencia y del Consejo de su Majestad». Corpus del Patriarca tan arraigada en el pueblo valenciano que, si no podía la catedral hacer su gran procesión a causa de la lluvia o cualquier otra forzosa circunstancia, el cabildo había dado licencia para que fuera sustituida por la del Patriarca que discurre guarecida por el techo del claustro. Como así sucedió en alguna ocasión.

 El paso del tiempo ha borrado algunos de estos espectaculares elementos. Sin embargo, no se echan de menos ya que, lo que se ha perdido en espectacularidad se ha ganado en recogimiento interior y adoración al Santísimo Sacramento, que era lo que especialmente pretendía el Patriarca de todos los asistentes a su Corpus para los que, agradecido, les reservó en su Real Capilla perpetua memoria en las oraciones del día siguiente con este mandato en su Consueta: «Que todos los años perpetuamente se diga aniversario otro día después del octavario del Santísimo Sacramento, por todos los que hubieran sido y fueren devotos de este admirable misterio». Como así se cumple.

 PROGRAMA FESTIVIDAD DEL CORPUS

 

MAÑANA

9,30     Canto de Laudes y Tercia, canto gregoriano

10,00     Misa en honor al Santísimo Sacramento,

  1. a 4 voces mixtas, autor: Salvador Doménech Barrachina.
  2. A continuación Ofrecimiento de Ramos y
  3. Canto de los "Alabados".

TARDE

18,30    Vísperas, canto gregoriano

19,00    Completas Solemnes:

  1. Himno: "Te lucis", a 6 voces mixtas, de J.Mª Úbeda.
  2. Salmo: "Cum invocarem", a 5 v.m., de Salvador Giner.
  3. Salmo: "Qui habitat in adiutorio", a 5 v.m., de Salvador Giner.
  4. Cántico de Simeón: "Nunc dimitis", a 5.v.m., de Salvador Giner.
  5. Salve Regina, a 4 v.m., de A. Pérez Moya.

19,45    Solemne Procesión y Reserva con el

  1. Canto de los "Alabados", a 4 v.m., de J. Bta. Comes y
  2. "Letanías al Santísimo Sacramento", a 8 v.m.,  de J. Bta. Comes.

Coral Polifónica del Patriarca,

  1. integrada por voces de las corales J. Piedra,
  2. Catedral y Calasanz e instrumentistas del C.I.M. de Benimaclet.
  3. Maestro Organista, D. Vicente Ferrer Granell
  4. Director y Maestro de Capilla, D. Salvador Doménech Barrachina

              

            

  1. Ofrecimiento de flores                                        Esperando el paso del Santísimo             
  2. por Colegiales de Beca.-  

                                     El Santísimo en su custodia por el claustro del Colegio

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SENTIMIENTO POR EL CORPUS EN LA VALENCIA DEL S. XVII

J. Antonio Doménech Corral (LEVANTE, 22 junio 2014)

              Valencia, en el mundo católico, es pionera en celebrar la fiesta del Corpus sacando al Santísimo Sacramento en procesión por sus calles. Tradición iniciada en 1355 tras el acuerdo entre el arzobispo Hugo de Fenollet y el Consell de la Ciutat. Y desde entonces, la devoción por esta «presencia pública de Cristo» ha arraigado de tal modo entre nosotros, que Valencia es también la ciudad que más santos eucarísticos ha dado. Así, Pedro Nolasco, Vicente Ferrer, Luis Bertrán, Pascual Bailón, Nicolás Factor, María Micaela... y el más afamado, por su fundación de la «Real Capilla y Colegio-Seminario del Corpus Christi» para el culto solemne y diario de la Eucaristía, Juan de Ribera. Y para la formación de futuros sacerdotes que arraigaran esta devoción en suelo valenciano.

               Fruto de esta labor pastoral se logró en el siglo XVII tal grado de sentimiento religioso entre los valencianos por la «Sagrada Forma», que el 16 de diciembre de 1698 tuvo enorme repercusión el robo de un copón de «Hostias consagradas» en la iglesia del convento de los PP. Predicadores. Pues la noticia se propagó más allá del reino valenciano, dejando sumidos en la mayor desazón a los religiosos que no cesaban de repetir: «¡Robaron a mi Señor y no sabemos dónde lo escondieron!»

               Acudieron consternados al convento el Presidente de la Audiencia, Alonso Pérez de Guzmán; el cabildo catedralicio, la Inquisición, los Jurados de la Ciudad, los Gremios y la nobleza. Y allí mismo adoptaron las primeras medidas. El Presidente de la Audiencia mandó pregonar el ofrecimiento de 1000 ducados a quien diera alguna noticia sobre el robo, y condonar la pena de muerte a cuatro reos si era encontrado el copón. Los Gremios también ofrecieron otros 1000 ducados. Y el Consell, por su parte, decretaba un luto general de la ciudad en forma de media hora de cierre de todos los comercios, cierre de media hoja del portal de las casas en señal de duelo, cese de toda actividad de los tribunales, y la no ostentación de ningún tipo de rango o condecoración en los uniformes militares. Mientras que el arzobispo ordenaba el toque a muerto en las campanas de las iglesias, el recubrimiento de sus imágenes con paño morado como se hacía en la Semana de Pasión, y una procesión de rogativa hasta la capilla de la Virgen de los Desamparados pidiéndole el milagro de inclinar el lirio de su imagen, descubriendo el lugar donde se encontraba el copón. Como solía suceder en la localización de los cadáveres escondidos por sus asesinos.

               Pero no hizo falta este milagro. Pues al tiempo que la procesión de rogativa cantando Sancta María ora pro nobis llegaba a la Capilla, corrió la voz de que el copón con las hostias consagradas había sido encontrado en circunstancias que sugerían un mensaje sobrenatural. Y es que había aparecido en el hueco de un olivo del huerto del convento capuchino de la Sangre de Cristo fundado por San Juan de Ribera. Un olivo que había sido plantado por el mismo San Juan de Ribera, con sus manos, y el hallazgo se había producido en jueves. El mismo de la semana que la Iglesia del Patriarca dedica sus oficios religiosos a la Eucaristía, y en el preciso instante del comienzo de estos oficios. ¿Y cómo se interpretaba este mensaje? Que Cristo sacramentado reconocía la santidad del más extraordinario adorador de su «Corpus», en cuya causa de beatificación estaba entonces volcada Valencia. La ciudad estalló de alegría. Todas las iglesias volteaban sus campanas, mientras que el pueblo valenciano, con sus autoridades al frente precedidos por «els cirialots» con hachas encendidas «que ardían menos que los corazones», al decir de las crónicas, restituían en solemne procesión al convento de Predicadores el copón encontrado.

               Es evidente que la actual sociedad valenciana no respondería de igual modo. Porque nos separan tres siglos y distintas concepciones políticas, económicas, sociales y hasta religiosas propiciadas éstas por dos concilios ecuménicos: Vaticano I (1869-70) y Vaticano II (1962-65), que han alterado las costumbres. Sin embargo, el sentimiento religioso y el fervor entusiasta, aunque expresados en otra forma, continúan siendo el tradicional. Puede contemplarse en la histórica procesión de esta tarde, al paso de Cristo Sacramentado en el viril de la rica custodia valenciana. Bajo una lluvia de rosas y sobre la alfombra de la crujiente murta extendida a lo largo de su recorrido.

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La Trinidad, monasterio de mi recuerdo

J. Antonio Doménech Corral(LEVANTE, 15 junio 2014)

              Lo que ya de hace tiempo se presagiaba, llegó. Tras  seis centurias regentado, cuidado y mimado por religiosas franciscanas clarisas, desde que fuera erigido por la reina María de Castilla en 1443,  el Real Monasterio de la Trinidad,  junto al puente que ostenta  su nombre, cerró sus puertas. Con tal falta de sensibilidad artística y religiosa, que incluso no se ha escatimado tiempo para disponer colgar en las esquinas de sus dos fachadas adyacentes un hiriente cartel al buen gusto y armonía del histórico y rico monasterio valenciano. El único que aún conservaba su uso inicial. ¡Cómo echo de menos recrear la vista y el espíritu contemplando el rico tesoro que guardan sus muros!

               Así, y como ejemplo, las dos imágenes "antagónicas" de la Virgen María. Una yacente, como dormida, en el pequeño altar ubicado en el primer piso, junto al ascensor, con brazo y mano articulados. Depositar un beso diario en su mano, al pasar junto a ella, era gesto de las religiosas  desde tiempo inmemorial. Mientras que la otra, en pintura iconográfica, no dormía sino que velaba  (la Virgen de la Vela) el sueño de las religiosasdesde el retablo también de otro  altar. Cada noche, antes de retirarse a dormir, acudía toda la comunidad a visitarla  musitando el salmo De Profundis; y ya en su presencia, le rezaban tres avemarías recibiendo después la bendición de la madre abadesa. Una imagen que contaba con un ferviente devoto, el  beato Nicolás Factor (1571), capellán del Monasterio, que le escribió una profesión de fe con su propia sangre y colgó de esta imagen para que velara su cumplimiento. Y consta que al instante de su muerte se desprendió   cayendo sobre el altar, como signo de que no precisaba ya de vela alguna.

               Son también dignos de admirar siete pequeños crucifijos góticos, de los siglos XIV al XVIII, de extraordinario valor artístico. De madera policromada, cabeza inclinada sobre el hombro, ojos cerrados o abiertos que impacta  verlos tullidos. Alguno sin piernas o sin brazos y hasta sin cruz, testimonio de la incultura de incontrolados milicianos que en los primeros días de nuestra guerra civil de 1936 asaltó el Monasterio. Uno salió mejor librado con solo dos dedos rotos  y, por raro que parezca, el de mayor tamaño (100 cm.). Rico ejemplar en marfil del arte colonial hispano-filipino del s. XVII, donación de los condes de Cocentaina.

               Y el cuadro de la Virgen del Refugio, venerado en la iglesia del Monasterio, siempre acompañado por las oraciones de las religiosas pidiendo conserve y tutele la ciudad. Encontrado en el camino,  rasgada la imagen con un puñal por los herejes husitas que habían prohibido el culto a la Virgen en Bohemia, durante la huida del país de su reina Beatriz (1490) acompañada por su dama, Juana de Escanderbeg, luego reina de Albania. Acogida ésta en el palacio Real de Valencia , luego de perder el reino y la vida su esposo a mano de los turcos, y habiendo trabado amistad con las religiosas vecinas de la Trinidad, lo regaló al Monasterio con la condición de ser sepultada a sus pies. Lo que así se cumplió a su muerte en 1504. Pero antes el cuadro apareció milagrosamente reparado sin manipulación de artesano alguno, el mismo día que el culto a la Virgen fue restablecido en Bohemia vencidos los herejes husitas.

               Y qué decir de su bello claustro gótico donde la reina María hizo construir su propia sepultura, estando enterrada en él. Durante la riada que sufrió Valencia en 1957 quedó totalmente anegada y los huesos cubiertos de barro.  El capellán del Monasterio y canónigo de la catedral, Dr. Ramón  Robres, limpió con todo respeto los restos y restableció en su lugar. Pero mención especial merece su célebre abadesa, extraordinaria escritora humanista, Sor Isabel de Villena (1463-1490), hija del no menos célebre Marqués de Villena. Fue su época de gobierno del Monasterio de gran brillantez y resonancia universal. Dejó escrita su voluminosa  obra literaria "Vita Christi" , historia completa de Cristo asociada a la de su madre la Virgen María, cuyo original guarda el archivo del Monasterio. Una obra que dejó incompleta al sobrevenirle la muerte,  pero pronto impresa por recomendación de su parienta lejana, la reina Isabel la Católica.

               Sin olvidar que este archivo guarda también un recuerdo-donación de su último capellán, ya fallecido, el citado Dr. Robres. Se trata de una mascarilla de cera del rostro original de nuestra patrona la Virgen de los Desamparados, obtenida antes del asalto a su Basílica en los comienzos de la referenciada contienda civil de 1936. Llegada a sus manos en secreto de confesión, cuelga enmarcada en una de sus paredes.

               En fin, un Monasterio joya de nuestro patrimonio, que está reclamando con urgencia otra orden religiosa femenina de clausura que lo cuide y sostenga con la misma prestancia, como mínimo, que lo hicieron durante siglos  las inolvidables franciscanas clarisas. Para evitarle a toda costa usos o destinos impropios.

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   Detalle del Cristo

                         

 

Sala capitular con Cristo filipino de marfil al fondo

                                    

                                          Claustro gótico del Monasterio  

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  La fallida visita a Roma de 1589

 J. Antonio Doménech Corral  (diario LEVANTE 01.03.2014)

Ahora que nuestro arzobispo, monseñor Osoro, ha cumplido con la visita ad limina que todos los obispos tienen obligación de realizar cada cinco años para visitar la tumba de San Pedro e informar de la situación de su diócesis o archidiócesis al Papa, recuerdo la primera realizada por un arzobispo valenciano desde que fueron establecidas por Sixto V en el año 1585. Y fue la del Patriarca y arzobispo Juan de Ribera, tan pronto la Bula pontificia contó con la aprobación real de Felipe II; aunque circunstancias adversas se encargaron de abortarla.
Porque ir entonces a Roma resultaba bastante problemático; tanto por el tiempo que había de invertirse en el viaje, como por los medios de transporte de la época y el estado de los caminos. Lo recomendable era hacerlo por mar, partiendo del puerto de Dénia donde amarraban las galeras de Italia. De modo que, con permiso real y notificado su viaje al Nuncio del Papa en Madrid, el 19 de octubre de 1589 partía el arzobispo de Valencia hacia Dénia en carruaje, dispuesto a embarcarse. No obstante, tuvo que hacer parada y fonda en Sollana; pues diluviaba de tal forma, que era imposible seguir. Tres días llovió convirtiendo la huerta en un mar. Los curas de los contornos inspeccionaron los caminos para informar del estado a su arzobispo, transmitiéndole noticias desoladoras: Imposible cruzar el puente de Alzira y no estaba practicable la barca de Albalat, cuando era preciso llegar cuanto antes a Dénia para no perder la galera. Por lo menos, había que alcanzar el monasterio de la Murta, más allá de Alzira, sobrepasando barrizales y haciendo noche. Y esto se decidió.
La carroza del Patriarca avanzaba a duras penas hundiéndose en el barro empujada por los criados. Y, para más desgracia, la enfermedad de pecho que ya padecía el Patriarca le produjo calentura; de modo que los frailes que le vieron al llegar al convento, le recomendaron que volviera a su palacio y velara por su salud. Pero el Patriarca se resistía, a pesar de irle en ello la vida. El resultado fue, que la galera de Génova que le tenía que llevar a Roma había zarpado ya de Dénia; y aunque un clérigo se adelantó para contratar el pasaje en otra de Nápoles que partía más tarde, su capitán se resistió a admitirlo. Y lo que al fin hizo el arzobispo fue volver sobre sus pasos y dar gracias a Dios porque, providencialmente, le llegó un correo urgente de Felipe II informándole de que el Papa había moderado el rigor de su mandato y el viaje ad limina podía esperar.
Pero cumplidor de sus deberes, envió al Papa un informe médico sobre el estado de su salud y un acta notarial con las declaraciones de vecinos de Dénia, marineros y séquito, testimoniando haberse puesto en camino. Y aún, no habiendo podido viajar luego al agravarse su salud, lo hizo por medio de procurador. Quedando así cumplida la bula pontificia, por primera vez, por un arzobispo valenciano.

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Histórica devoción andaluza en Valencia

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (Diario LEVANTE, 01-02-014)

              Media España, y  media América llevada por los conquistadores andaluces,  celebran hoy la fiesta mariana de Nuestra Señora de la Antigua. Devoción histórica puramente sevillana. Y es que con ella sucede lo que con nuestra “Mare de Dèu del Desamparats”, que allá donde va sevillano o valenciano trata de afincar también a su Virgen.

               La imagen matriz, de la que son copia todas las demás entronizadas en iglesias de  medio mundo, es una pintura mural de la Virgen María de autor desconocido, de pie y con Jesús Niño en sus brazos sobre fondo dorado, plasmada  en una pared de la antigua mezquita mayor de Sevilla. Convertida en catedral  por el rey Fernando III “el Santo”  tan pronto reconquistó la ciudad en 1248, como diez años antes había hecho  el rey Jaime I "el Conquistador" en Valencia, siglo y medio más tarde acordó el cabildo catedralicio derribarla y levantar sobre su solar la actual; pero conservando el muro con la Virgen pintada para reconstruirlo en el nuevo templo. Otro siglo de obras y la erección de una digna capilla a esta Virgen que cobró entonces título de "la Antigua", en referencia a su procedencia de la antigua mezquita-catedral derribada.

               Ante ella se postraron los Reyes Católicos en 1478, haciéndole donación de una gran lámpara de plata por el feliz nacimiento en Sevilla de su hijo, el príncipe don Juan. Y en 1493 lo hizo Cristóbal Colón pidiéndole protección en su 2º viaje al Nuevo Mundo, bautizando en su  honor con el nombre de Antigua la isla caribeña de Wadadli que pisó en este viaje. Carlos V la llevó siempre consigo después que estuvo en Sevilla en 1526 con motivo de sus bodas. Y lo mismo hizo Felipe II en 1578, pero erigiéndole en la catedral una nueva y  la suntuosa capilla que en la actualidad dispone. Antes Fernando I de Aragón, proclamado rey en el Compromiso de Caspe (1412) con intervención de nuestro paisano, San Vicente Ferrer, ya había creado una orden de Caballería con su imagen como divisa.

               A Lima llegó en 1544 la primera copia de la pintura de esta Virgen, enviada por el canónigo de la catedral sevillana, Juan Federegui. A México la llevó en 1562 personalmente el espadero José Rodríguez. La de Panamá ya la portaba consigo en sus expediciones el descubridor Vasco Núñez de Balboa, dedicándole una capilla que el papa León X elevó a catedral en 1513 y proclamó su patrona en 1524. Mientras que a nuestra ciudad lo fue en 1600 por  el ilustre sevillano, Patrirca-arzobispo, Juan de Ribera. Pero con copia directa  del original que realizó en la capital hispalense por encargo suyo el pintor Blasco Pérez, para ser entronizada en el retablo del altar que le había dedicado en su Real Capilla de Corpus Christi. Le costó 106 ducados, más otros 420 que pagó a Bartolomé Matarana por dorarle el retablo.

             Pero es que para el santo arzobispo esta Virgen guardaba especiales recuerdos familiares; pues su antepasado Ruiz de Ribera, 7º señor de la casa Ribera, había contribuido con sus hombres a la reconquista de Sevilla junto al rey Fernando III y descubierto la imagen. Y ante ella él mismo, hijo del 19º señor, Perafán de Ribera, había ofrecido la renuncia a toda la grandeza nobiliaria de su estirpe para hacerse sacerdote. Y ahora la tenía en su nueva casa levantada por él en nuestra  ciudad, nombrándola su patrona y obteniendo del papa Paulo V el regalo de la indulgencia plenaria a perpetuidad. Para cuantos el día 2 de febrero acudieran a visitarla en su Iglesia-Capilla, entre los que no falta cada año  la Casa de Andalucía en Valencia.

  

La Virgen de la Antigua en su capilla de la Iglesia del Patriarca

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Una reliquia de San Vicente Mártir en el Patriarca

 J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (Diario LEVANTE 22 enero 2014)

             La fe en las reliquias de santos, que era incuestionable en los  siglos pasados y objeto del culto de los fieles, su veracidad ha pasado a provocar sonrisas de duda en la actualidad.  Lo que justificaba tiempo atrás  el canónigo conservador del patrimonio de nuestra catedral, Jaime Sancho, con esta argumentación: “Por la falta de confianza sobre su autenticidad hoy día”. Y es, que en épocas pasadas se  abusó de tal modo de la ingenua credulidad de los cristianos, que ya no escandaliza el descabellado inventario que en su trabajo “Libre pensamiento” aporta Francisco Barba cuando afirma: “Hay reliquias de lo más variopintas repartidas por el orbe católico, como un suspiro de San José depositado en una botella por un ángel y un estornudo del Espíritu Santo también en una botella, en el Sancta Sanctorum del Vaticano”.

Claro que, esta falta de confianza no cabe sobre las que atesora la Iglesia del Patriarca de nuestra ciudad, adquiridas por San Juan de Ribera, gran admirador y devoto de los santos. Porque deseaba que  Cristo Sacramentado se encontrase en su Real Capilla rodeado de santos, como en el cielo; pero acá en la tierra, al menos, de sus reliquias:  “de cuya veneración han de resultar muchos bienes espirituales y temporales a esta nuestra Iglesia”, según dejó escrito en sus Constituciones. Y para conseguirlo no reparó en gastos, removiendo toda su influencia con papas, reyes y nobles; pero con la seguridad de que eran “auténticas”, es decir, obteniendo los correspondientes certificados que testificaban su identidad.

            Y para guardarlas erigió en su iglesia la preciosa “capilla de las Reliquias”, tras la sacristía, depositándolas dentro de un rico armario forrado de terciopelo rojo que cubre todo su muro derecho. Está distribuido en cuatro gradas sobre las que se ordenan dentro de sus arquetas o urnas de plata, cerrando el armario dos bellas puertas labradas de talla, con fondo azul y florones dorados. De todas mandó hacer inventario, otorgando acta de donación a su Capilla, junto con sus guarniciones de oro, plata y piedras preciosas, ante el Notario Andrés Aloy el 10 de junio de 1604; a la vez que, dentro de  una caja de ágata y otra de ébano, depositaba los documentos testimoniales de su veracidad y procedencia.


Reliquia de San Vicente en su relicario

 

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LA NOBLEZA VALENCIANA EN  “lo d’Octubre”

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (publicado en LEVANTE, miércoles 9 octubre 20123)

Nadie podía imaginar que San Dionisio, desconocido evangelizador de los galos que era para los valencianos, aunque su nombre figurase en el santoral de la Iglesia, llegaría a alcanzar tamaña titularidad en el futuro en nuestro suelo. Al quedar en el calendario unido su recuerdo a la conquista de Valencia por el rey Jaime I y  la dedicación de su catedral a Santa María en el mismo día.

La primera celebración de la fiesta tuvo lugar el 9 de octubre de 1338, un siglo después del hecho histórico, comprometiéndose entonces el Consell a repetirla cada año para agradecer a Dios la incorporación del Reino de Valencia al mundo cristiano de Occidente después de su rescate del Islam. Sin embargo, no pudo cumplir este propósito por diversas circunstancias y sólo gracias a la Iglesia, que no faltó en su celebración anual de la dedicación de la catedral, pudo mantenerse la memoria del significado completo de la fiesta de “lo 9 d’Octubre”. 

Pero la más sonada y espectacular fue la del “quart centenari” que duró tres días, porque los Jurados de la Ciudad acordaron festejarla con toda solemnidad, de la misma manera que la del Corpus; es decir, engalanadas las calles con colgaduras, plenas de  luz, música, “tronaors”, alboroto, etc. Y sin que faltasen los “premis  que la Ciutat offert para embelliment de la Professo y Festes”; aunque el acto principal seguía siendo el que se celebraba en la catedral con “lo Ofici Divinal y el Sermo de la Conquesta”, seguido del de la procesión  de la Real Senyera acompañada de todos los estamentos sociales valencianos.

Era tiempo en que la gente llenaba la catedral  por el espectáculo de sus funciones religiosas, acompañadas de conciertos musicales. Sobre todo de la clase noble al exhibir sus privilegios ocupando canapés en la parte del evangelio o de la epístola, arriba o abajo del presbiterio, según los blasones o abolengos que  luciesen los invitados. Porque la nobleza valenciana era entonces la más variada y numerosa, constituida por Nobles de sangre y solar conocidos. Generosos, descendientes de los que tomaron parte activa en la conquista. Caballeros, armados por gracia real. Ciudadanos de Inmemorial, descendientes de los primeros que gobernaron Valencia, equiparados a los nobles de sangre. Ciudadanos, que habían sido Jurados o Regidores de la Ciudad. Y Ciudadanos honrados, ricos mercaderes y licenciados de facultad que nunca habían trabajado con sus manos.

Lamentablemente, la cédula de 14 de agosto de 1724 de Luis I, proclamado rey de Valencia, “castellanizaba” a la nobleza valenciana y la reducía a una sola clase: “Declaro que se estimen por hidalgos los Generosos, Caballeros, Nobles y Ciudadanos de Inmemorial. Y los Ciudadanos que no son de Inmemorial sea reputados sin distinción de nobleza”. Aunque un siglo más tarde todos perdían definitivamente su poder social; y con esta pérdida, su afán de exhibicionismo. A la vez que en la fiesta se producía otra pérdida más sensible, como era la del “Ofici Divinal” y la proclamación del “Sermo de la Conquesta”, para ser sustituidos por el canto litúrgico del “Te Deum” como en la actualidad continúa.

Aunque la intencionalidad de la fiesta continúa siendo la original. Es decir, compartir un patriotismo religioso dando gracias a Dios por nuestra existencia como pueblo, con un patriotismo civil afirmando nuestra identidad valenciana. Inclinar el fiel de la balanza hacia uno u otro matiz es cuestión de oportunidad histórica.   

Fotocopia de la publicación por el Consell de Valencia en 1338 de los premios a otorgar con motivo del 9 de Octubre

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                    UN   APUNTE  VALENCIANO  A  SAN JOSEMARÍA, FUNDADOR DEL “OPUS”       

      J.  ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (LEVANTE en 26 junio 2013)

   Cumple este 26 de junio once años que el  bautizado José María Julián Mariano Escrivá Albás, canonizado por Juan Pablo II en octubre de 2002, entró a formar parte del santoral romano y su imagen objeto de veneración en todas las iglesias católicas del mundo. Pero con el nuevo nombre de San Josemaría, unidos sus dos primeros nombre propios. Yo no soy de la “Obra”; pero sí gran admirador de este original y carismático sacerdote de Barbastro, fundador del “Opus”, a quien conocí en vida en una de sus visitas a su amigo, don Eladio España, Rector del Colegio del Patriarca.

 Y llevado de esta admiración por el apodado “profeta de la vida cotidiana”, he leído varias biografías suyas. La última, la del historiador norteamericano John F. Coverdale, profesor de Derecho y consultor que fue del Departamento de Estado de EE.UU. sobre asuntos españoles. Observando en todas ellas que resaltan la novedosa aportación del santo al cumplimiento del mandato divino de la santificación personal; y que para conseguirla, según él,  no es necesario recluirse de por vida en un convento cargándose de penitencias ni renunciar a las cosas lícitas que la existencia puede ofrecer; sino que basta el simple quehacer cotidiano en la vida de cada uno, niño o adulto, hombre o mujer de cualquier estado u ocupación laboral, incluso la de sacerdote; ya que todo depende del amor de Dios con que se lleve. Y fue para ayudar a alcanzar este amor de Dios la razón que le  movió a escribir su libro “Camino” e instituir su  famoso movimiento del “Opus Dei” (Obra de Dios).

 Sin embargo, en ninguna de esas historias sobre su vida he encontrado referencia alguna a un dato relevante    so bre la incorporación de los sacerdotes a su “Obra” que decidió en 1943. Y es que, fue u na idea que le sugirió el referido sacerdote valenciano Eladio España, hoy siervo de Dios camino también de los altares. Porque el famoso P. Eladio al que acudían a confesarse la mayoría de universitarios valencianos de aquella época haciendo “cola” a la puerta de su celda en el Colegio, también oía en confesión al fundador José María Escribá durante su estancia en Valencia, donde en 1939 abrió el primer centro del mundo de su Obra tras el de Madrid. Se hicieron amigos y confidentes con horas de tranquilo deambular por el bello claustro renacentista del Colegio con la insistente cantinela que le dirigía P. Eladio al futuro santo Josemaría: “Tu Obra quedará coja para siempre, si cierras sus puertas al clero ¡Decídete y ábreselas!”. Porque en un principio era su intención admitir en su institución solo a seglares. No a sacerdotes. Pero al fin, y tras mucho meditarlo, siguió el consejo de su amigo Eladio.

Años más tarde, con motivo de la canonización del Patriarca, San Juan de Ribera (1960), acudía a la solemne ceremonia en Roma el Rector del Colegio por él erigido en Valencia, el repetido don Eladio. Y aprovechando el viaje, pasó visita a su querido amigo Jose María Escribá, instalado  definitivamente en la capital italiana. Para informarle de los muchos  universitarios valencianos que dirigidos espiritualmente por él y por su consejo, se habían decidido por el sacerdocio del “Opus” ingresando en su otra fundación de la “Sociedad Sacerdotal de  la Santa Cruz”. 

 

 

Imagen de San Josemaría en la iglesia de San Juan del Hospital, puerta de entrada  y su interior gótico

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Nuestra iglesia diocesana

 J. Antonio Doménech Corral  (publicado en LEVANTE en 18 noviembre  2012)

Promovido por la Conferencia Episcopal Española desde que fue instituido en 1984, este domingo 18 se celebra el Día de la Iglesia Diocesana. Es decir, de cada una de las 69 diócesis que se reparten nuestra geografía nacional. A través de ellas la Iglesia católica hace llegar hasta el último rincón, además de su asistencia sacramental y espiritual, una valiosa ayuda material con las múltiples instituciones educativas, formativas, hospitalarias y benéfico-sociales con que cuenta. Es la transformación práctica de aquel revolucionario signo que dieron los seguidores de la nueva religión en los primeros siglos del cristianismo. Tan comentado entonces, que hacía exclamar a la gente: «¡Mirad como se aman!», según el testimonio que nos ha dejado en su obra el escritor latino Tertuliano. Un signo que no era otro que el de la caridad cristiana, mezcla de amor y solidaridad.

Hoy, con el aumento de la población y la complicidad que conlleva los tiempos modernos, los problemas de una subsistencia humana suficiente y digna se han multiplicado. Aunque también compensados en parte con las ayudas que aportan numerosas instituciones públicas y ONG surgidas, arrebatando el protagonismo casi exclusivo que antaño tenía la Iglesia.
No obstante, ese signo de lo cristiano sigue dándose en nuestro tiempo en las denominadas «parroquias» o esas cúpulas y campanarios que señalan el lugar de reunión de sus miembros y de todo su movimiento organizativo que continúa animado por el mismo espíritu caritativo de siempre. Lo que muy bien define la palabra «parroquia» derivada de los términos griegos «par» y «oikia» que, traducidos a nuestra lengua, significan «como en casa». Y es que la parroquia, o los más de 23.000 templos en los que a su vez se encuentra subdividida la totalidad de las diócesis españolas son en verdad, para cada grupo de cristianos que acoge, como la casa nuestra y el hogar común que atiende a sus miembros, celebra sus acontecimientos felices, comparte sus sufrimientos y les ayuda en sus necesidades.
Y en el caso de Valencia, en los 651 templos parroquiales más 375 no parroquiales que cuenta su archidiócesis, en los que la Administración Diocesana ha optado por depositar una hoja informativa con el título de "Nuestra Iglesia", detallando todos los ingresos y gastos habidos en el año 2011 por todo concepto.

Vale la pena echarle una ojeada si queremos enterarnos del importe pagado al clero, al personal seglar que tiene empleado, a la seguridad social, a sus centros de formación, a la conservación y funcionamiento de sus edificios; y especialmente a las acciones pastorales y asistenciales de ayuda a los más necesitados de la sociedad valenciana, de relieve en la época de grave crisis que atravesamos. Porque todas esas partidas del inventario facilitado dan razón y justifican el lema nacional que ha escogido la Conferencia piscopal para la campaña recaudatoria de este domingo en los templos: «La Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor».

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Todos los Santos

 J. Antonio Doménech Corral  (LEVANTE en  1º noviembre 2012)

La festividad de Todos los Santos es importante en la Iglesia. Porque, aún careciendo del calor entrañable de la Navidad o de la alegría exultante de la Pascua, despierta esperanza de resurrección. Así al menos parece entenderlo la religiosidad popular que acude el 1º de noviembre en mayor proporción a los cementerios a depositar una ofrenda floral „y muchos además una oración„ en la tumba del familiar fallecido, que el día 2 de difuntos.

Y es de admirar cómo al cerrar sus puertas aparecen convertidos en un gozoso jardín, más signo de alegría y de vida que de muerte. Ya sabemos que el culto a los muertos es patrimonio de todas las culturas; pero en la cristiana con una característica singular. Y es que en los primeros siglos eran venerados sólo los mártires en el aniversario de su muerte, dentro de la comunidad a la que habían pertenecido y dentro de una celebración eucarística. Hasta que el papa Bonifacio IV el 13 mayo de 613 instituyó la fiesta universal de "Todos los Mártires". Fiesta que Gregorio III ampliaría en el 782 a "Todos los Santos que reposan en la tierra" (mártires y no mártires); y finalmente Gregorio IV en el año 835 la fijaría el día 1 de noviembre con el nombre de «Todos los Santos». Como sigue hasta hoy.

Porque el culto a los difuntos que no eran mártires no estaba oficialmente reconocido en la primitiva iglesia. Su origen se debe a San Agustín (año 387), al cumplir la promesa que le arrancó su madre moribunda, Santa Mónica, al pedirle: «Hijo, acuérdate de mí en el altar del Señor»; es decir, cuando celebres misa. Lo que cumplió. Y basado en este hecho, siglos después el abad de Cluny, San Odilón (año 998), dispuso en sus monasterios la celebración de una misa al día siguiente de Todos los Santos (el 2 de noviembre) en memoria de los monjes difuntos. Costumbre que en el siglo IX adoptó la liturgia oficial de la Iglesia para todos, religiosos y no religiosos, frailes y no frailes. Hasta nuestros días.

Sin embargo, esta doble celebración del «día de todos los santos» y del «día de los difuntos» tiene su lectura catequética. Y es que, si el 1 de noviembre celebramos «la Jerusalén celestial donde eternamente alaba a Dios la asamblea de todos los santos», como proclama el prefacio de la eucaristía de esta fiesta; y creemos que nosotros «caminamos a ella guiados por la fe, el ejemplo y la ayuda de los mejores hijos de la Iglesia» que son los santos, seguro que en el día siguiente de difuntos aceptamos la idea de la muerte sin desesperanza y sin avergonzarnos del miedo natural que suscita.

Ni tendremos reparo en hablar de ella porque nos resultará, como afirma San Pablo a los corintios, tan sencillo como desmontar una tienda de campaña o el mudar de vestido; para volverla a montar cambiando de residencia, pero ya revestidos de inmortalidad.

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 Del "arte de morir" a la "ciencia mortuoria"

     J. Antonio Doménech Corral  (publicado en LEVANTE en  2 noviembre 2012)

  Hoy, día de difuntos, parece el más apropiado para escribir de la muerte, compañera fija de la vida desde el instante de nacer. Por más que sea tema tabú en nuestro tiempo, a pesar de que buena parte de la información cotidiana que nos brindan los medios de comunicación se nutra de muertos de guerra, de catástrofes o accidentes y hasta de esquelas mortuorias; con lo que se está reconociendo la presencia pública de la muerte. Si bien esto resulta diferente, al no constituir experiencia personal para el lector que pasa página y truca la información en política, deporte o espectáculos.

Sin embargo, la actitud de la sociedad frente al denominado «arte de morir» tradicional, no más lejos que unas décadas, ha sufrido una profunda transformación; ya que antes, la muerte formaba parte de la experiencia diaria de todo ciudadano. Así, veía morir en casa a los enfermos y ancianos, hablaba con los moribundos, se quedaba mirando su cadáver, practicaba el luto y hasta se detenía a contemplar los coches fúnebres atravesando la ciudad formando parte del paisaje urbano. En resumen, que había un contacto directo con la muerte y el hábito de su presencia.

Pero en la actualidad esto se ha transformado totalmente, por influencia de la denominada «ciencia mortuoria» surgida de la sociedad americana. Con el fin de eliminar los molestos estados emocionales en las personas afectas, como son: la aflicción, la conciencia de culpa o la presencia de angustias interiores. De modo que en lo social, la tendencia es que culturalmente la muerte desaparezca y se haga invisible. Porque un buen muerto no debe alterar el curso de la vida comunitaria. Se separan los sanos de los enfermos y ancianos -ambos los más próximos a la muerte- delegando su atención en instituciones hospitalarias y casas de reposo.
Por otra parte, también la organización de un funeral se ha convertido en una profesión especializada que conlleva una serie de cualificaciones técnicas: el tratamiento del cadáver, su maquillaje y embalsamiento, técnicas psicológicas para alejar de los presentes los sentimientos angustiosos.

Es decir, se orquesta todo un espectáculo que permita su desaparición sin dolor e incluso de forma grata; mientras que los espacios tradicionales para el eterno descanso „cementerios y camposantos„ pierden clientes por la elección preferida del sistema de incineración. Y por la contrapartida de empresas privadas ofertando colinas con césped, sin el apiñamiento de lápidas y cruces. Todo para ayudar a minimizar el recuerdo personal del difunto. Ya sólo falta que la autoridad pública recomiende a las funerarias hacer el traslado al lugar de reposo elegido, de noche.

Y sin embargo, replantearse seriamente el problema de la muerte afrontando sin angustias su solución es sencillo. Basta con asumir que la muerte es el final de la historia de una vida. Y que cuando el hombre muere, es solo aquello que fue y que por sí solo no llegará a ser nada más. Porque ni siquiera existirá. Y es en este punto en que el hombre ya nada puede, cuando se debe esperar que se haga presente aquel que lo puede todo; es decir, Dios. Aunque esta esperanza ya debería tenerla anidada el hombre en su corazón antes de morir.  

Inolvidable y amoroso recuerdo de sus padres y esposa Carmen testimonian estas dos lápidas: En el Cementerio de Campanar, la primera ; y en el General de Valencia, la segunda

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UN MARTIR VALENCIANO TODAVÍA SIN ALTAR

J. Antonio Doménech Corral  (LEVANTE, 21 septiembre 2012)

Repartidas y veneradas sus reliquias por numerosas iglesias del mundo, cada 22 de septiembre celebra Valencia la festividad de los 226 valencianos, víctimas de la persecución religiosa española de 1936, beatificados por el papa Juan Pablo II hace once años. Se cumple así la voluntad del pontífice de que "la Iglesia de Valencia recordase cada año su memoria" en el mes que se produjo el mayor número de martirios de ellos.

Fue propósito del anterior arzobispo, cardenal García-Gasco, erigirles un gran templo que recogiera no solo sus restos, sino los de todos los beatificados con anterioridad; así como los que fueran en el futuro y contaban ya con su proceso diocesano en trámite. Un propósito cumplido a medias, bajo el gobierno del actual prelado, monseñor Osoro, en forma de un moderno templo parroquial inaugurado en octubre de 2010; y que se levanta junto al viejo cauce del río Turia, cerca de la Ciudad de las Ciencias, aprovechando la estructura estética típica de una construcción civil como era la nave industrial de abonos químicos Cross, durante más de cien años.

Y digo cumplido a medias porque, si contamos ya con el monumental templo, sigue pendiente de sumar los restos de esos otros mártires valencianos con el proceso diocesano abierto. Y es que no parece, sino que la Congregación de la Causa de los Santos haya perdido ese empuje y entusiasmo que había cobrado con Juan Pablo II.

Yo lo siento por uno en especial que pasaba desapercibido y del que hube de informar para que se aceptara su proceso. Me refiero a Enrique Nebot Ponce, portero del Colegio Seminario de Corpus Christi. Y aunque el 16 de julio de 1936 pudo no acudir al trabajo al haber empezado la quema de iglesias y cerradas las puertas del Colegio por orden del Rector de la Universidad para evitar que corriera la misma suerte, se personó en él. No quiso abandonar al personal de la casa en aquellos momentos de confusión. Ni en los posteriores, cuando los rectores del Colegio recibieron orden gubernativa de abandonarlo y establecer su domicilio en otro lugar declarado para su control. A pesar de que a él le ofrecieron un salvoconducto, dejándole en libertad. Renunció a él y marchó con ellos para atenderles en la vivienda que les había ofrecido una devota del Patriarca, en la calle de Cádiz núm. 50. Pero una vez allí, enterados en la zona que los recién llegados eran gente de iglesia, los denunciaron a un piquete revolucionario que, sacándoles de la casa, los mataron.

Enrique Nebot Ponce no tenía más familia que una hermana que vivía a sus expensas; pero practicó heroicamente la virtud de la caridad con sacrificio de la hermana y renuncia a su seguridad personal. Consta en acta de la visita de inspección realizada al Colegio una vez finalizada la contienda civil, recogiendo declaraciones del personal sobreviviente. En ella se acordó esculpir el nombre de estos mártires del Colegio en el muro del atrio. Y en el muro permanecen. Y que el Colegio socorriera a la desamparada hermana del joven portero, y así se hizo.

Pero comprendo este retraso en su proclamación de beato. Porque, aunque el entorchado de mártir no exige haber obrado milagro alguno, sí requiere abrir un proceso, tomar declaración de testigos, aportación de pruebas, atención de gastos... Demasiadas cosas para un joven portero cuya vida giraba en torno al Patriarca y cuyos mejores amigos, sacerdote del Colegio, encontraron también el martirio con él. Pero aún así, mantengo la esperanza de ver un día sus restos en el nuevo templo. Y aún por sus virtudes, propuesto patrón de los porteros.

 Enrique Nebot Ponce, portero del Real Colegio Seminario del Patriarca, en foto de joven antes de ingresar

en la institución, facilitada por una tia suya vecina de Torrente.

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 La capilla San Vicente Ferrer del Patriarca

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (LAS PROVINCIAS, 20 abril 2009)

En el recorrido que los devotos valencianos suelen hacer hoy visitando los llamados lugares vicentinos -casa natalicia, pila bautismal, celda que ocupó en el Convento de Predicadores, etc.- no pueden pasar por alto la hermosa capilla que el patriarca San Juan de Ribera dedicó a nuestro segundo patrón en su monumental iglesia de la calle de la Nave. Porque, desde hace unos días y para esta ocasión, se muestra totalmente restaurada por cuenta de la Dirección General de Patrimonio de la Conselleria de Cultura. Restauración de los frescos de su pintura mural revertidos al colorido original, del dorado retablo con el lienzo de Ribalta representando la Aparición de Jesús a San Vicente en Aviñón y del valioso zócalo de dos metros de alto que la circunda.

La magnífica pintura del genovés Bartolomé Matarana, contratado por el Patriarca para pintar los muros de su iglesia, representa la recepción de Valencia en la puerta de Serranos a la reliquia de San Vicente Ferrer en manos del Patriarca. Es "la canilla segunda de la pierna entera" que obtuvo de su sepultura en la catedral de Vannes, gracias a su amigo el cardenal Gondy, arzobispo de París, y al hermano de este, caballero al servicio de la reina de Francia, María de Médicis. La trajeron tres devotos sirvientes suyos a los que había enviado con esta misión, dentro de un cofre con los documentos de autenticidad. En agradecimiento, el Patriarca dispuso que pudieran ser enterrados en esta capilla a su muerte.

Y fue tal su alegría por esta adquisición que mandó hacer un magnífico relicario de plata con un tubo de cristal en el centro, dentro del cual se mostraría la reliquia. Además que su iglesia celebrara como fiesta con estación no sólo el día del santo -5 de abril-, sino también el que fue su entrada en nuestra ciudad, 26 de octubre (de 1601).

La fiesta con estación, establecida por el patriarca San Juan de Ribera en su capilla de Corpus Christi, consistía en exponer a la veneración de los fieles algunas de las principales reliquias que poseía en su iglesia durante todo el día de su festividad. Para ello las colocaba sobre el altar mayor, sobre una peana y bajo un dosel forrado de terciopelo damascado, rojo o blanco según fuera de mártir o no, entre dos candeleros dorados con bujías blancas encendidas. Pero con la reliquia de San Vicente Ferrer quiso tener un detalle de excepcional deferencia, como muestra de su especial estima. No sería expuesta en el altar mayor, sino en el de su propia capilla; y no sólo el día de la festividad, sino también la víspera. Además, siguiendo la costumbre de la época, él mismo le compuso unos gozos para ser cantados antes de la oración con que finalizaba esta estación. El coro de la capilla interpretaba las ocho estrofas de que consta, repitiendo los fieles el estribillo. He aquí una muestra: "Aunque de Valencia os fuisteis / como vuestra tierra es / al fin os vuelven los pies / a la tierra en que naciste. / Oh, qué maravilla eterna / que Dios, Vicente, quisiese / que en el Corpus Christi sirviese / un hueso de vuestra pierna".

Pero todavía hizo más el Patriarca por esta festividad en su tierra natal: consiguió de Roma la celebración litúrgica con rito de primera clase y la declaración de "Altar Privilegiado" el suyo, en un breve pontificio que le remitió el propio duque de Lerma con esta nota escrita de su mano: "Crea V. E. que es el Breve más amplio que Su Santidad ha dado".

Y es que San Juan de Ribera, hasta nuestros días, ha sido el más ferviente devoto de San Vicente Ferrer. Lo era ya antes de su venida a nuestra ciudad; y a él le atribuía su nombramiento de arzobispo de Valencia. Para que conociera bien el reino que le vio nacer. Él no quiso revelarlo nunca; pero sí lo hizo su confesor y lo trae el religioso Fr. Juan Ximenez, en su Vida del Beato Juan de Ribera (1734). Con hábito de dominico, San Vicente visitó al Patriarca en su finca de Burjassot una tarde de verano. De qué hablaron, no consta; pero, en la homilía que aquel año pronunció el Patriarca en la Catedral el día de su fiesta, afirmaba: "Igual que el profeta Jeremías era el amador de su pueblo que mucho oraba por la ciudad, así también estamos ciertos de que San Vicente Ferrer hace lo mismo con el pueblo y la ciudad de Valencia".

Una pena que esta estación y su canto de gozos hayan caído en el olvido. Conforman una tradición digna de ser recuperada. Y también su marco, la capilla de San Vicente Ferrer del Patriarca, como lugar vicentino.

 Relicario de plata conteniendo en el centro "la canilla segunda de la pierna entera" de San Vicente, que consiguió de la catedral de Vannes el Patriarca por mediación de su amigo el arzobispo de París, cardenal Gondy. Se guarda en el magnífico armario ubicado dentro de la Capilla de las Reliquias de la Iglesia del Patriarca.

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LA PETICIÓN DE PERDÓN POR LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS

 J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL   (publicado en LAS PROVINCIAS en  24 noviembre 2009) 

Continuamos inmersos en la memoria histórica del IV centenario de la expulsión de los moriscos, decretada por Felipe III el 22 de septiembre de 1609, siendo el Reino de Valencia el primero en llevarla a cabo a instancias del mismo rey. «Para que fuésemos el ejemplo para todos los demás reinos», en el modo ordenado y respetuoso que deseaba se hiciera. Y luego de 400 años, entidades islamistas que se consideran herederas de aquellas víctimas organizaron en el Rectorado de nuestra Universidad, la primera semana del presente mes, un congreso internacional sobre el tema «El Islam cercano. Los Moriscos Valencianos». Su finalidad: «Para rememorar esta efeméride que marcó nuestro pasado, presente y futuro. y que no debe conmemorarse como una celebración, sino como una reflexión sobe una etapa fundamental de nuestra historia», según panfletos informativos. Pero en el fondo de las cuestiones planteadas y en sus debates siempre parecen añorar una petición de perdón por parte de las autoridades actuales, representantes de las que llevaron a efecto el acontecimiento.

Pedir perdón por un acto cometido, causante de daños de cualquier tipo, es gesto que enaltece tanto al ofensor como al agraviado si lo otorga. Pero acompañado de la oportuna reparación y del propósito de no reincidir el causante; y está claro que para este entendimiento se requiere la presencia de las dos partes en conflicto, cuando en el caso que nos ocupa únicamente sobrevive la memoria del acontecimiento. Debería, pues, bastar a la actual parte morisca el hecho de que no se haya repetido la acción reprobada y aún dado el fenómeno opuesto; y así ahora dispone de una mezquita en nuestra ciudad y dispersos por su entorno, ultramarinos, bares, kebabs y más comercios que explota y permite desenvolverse holgadamente. En resumen, que la historia pasada fue la que fue por sus circunstancias y debe asumirse aceptando las lecciones que transmite; que por eso está considerada, desde el clásico Cicerón, como la «magistra vitae» (=maestra de la vida).

Ya sé, dirán algunos, que el gran papa Juan Pablo II no tuvo reparo en pedir públicamente perdón al mundo más de cien veces, y sin reclamar intercambio, por los errores de los hijos de la Iglesia cometidos en el transcurso de la historia: cruzadas, inquisición, holocausto judío, pueblos africanos, indios americanos, esclavitud, racismo, separación de iglesias cristianas, etc. Pero es que él era en vida un santo fuera de serie.

No obstante, por si quizás pudiera servir de consuelo a la atribuida representación morisca, se recuerda que a partir del año 1846 dejó de celebrar la ciudad de Valencia una procesión cívica que en 1610 habían dispuesto sus Jurados tuviera lugar para siempre cada 21 de noviembre. «Para dexar eternizada la memoria de esta expulsión como se hace con la conquista del Reyno el día de San Dionís», según el cronista y testigo de excepción, Gaspar Escolano, en su \'Historia de la Coronada Ciudad y Reyno de Valencia\' (1610). Venía ya saliendo a la calle más de doscientos años sin interrupción, tomando parte en ella solo los canónigos y gremios con sus estandartes; siendo el recorrido, partiendo de la catedral después de pronunciado un sermón sobre la historia de esta expulsión, las calles del Palau, Avellanas, Milagro, San Cristóbal y Libreros, deteniéndose en la Iglesia del Patriarca y continuando hasta la iglesia de San Estevan, donde finalizaba. No hubo disposición oficial para su paralización.
¿Fue quizás una tácita y popular petición de perdón?

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La Geperudeta: un reflejo de la conciencia popular de ayuda al necesitado

J. ANTONIO DOMENECH CORRAL (publicado en LEVANTE en 6 mayo 2010)

Los títulos de las múltiples advocaciones que hacen referencia a la Virgen María son de varia procedencia. Algunos tienen su origen en debatidas doctrinas teológicas proclamadas dogmas de fe por la Iglesia, como su Inmaculada Concepción y Asunción. Otros en el nombre de los lugares de sus famosas apariciones, como Lourdes, Fátima y Guadalupe; en el de los bellos parajes donde se le erigieron importantes santuarios, como Montserrat y Aránzazu; o en el de fenómenos de la naturaleza, como el Rocío y las Nieves. Sin que falten los que evocan su estado de ánimo ante los sufrimientos de Cristo en su pasión, como Dolores y Angustias; o en nuestra misma esperanza de Consuelo, Socorro, Remedio o Merced, en circunstancias de la propia vida. Sin embargo, el origen del título de nuestra patrona, Madre de los Desamparados, es distinto; porque se debe a la conciencia popular de ayuda al necesitado en la Valencia próspera del siglo XV. Conciencia que supo despertar con su sermón de cuaresma en la catedral el venerable fraile mercedario, P. Jofré (año 1409), denunciando las burlas de que eran objeto los disminuidos psíquicos («inocentes») abandonados en la calle. Sus palabras: «En esta ciudad hay mucha obra pía, pero falta un hospital donde los pobres inocentes sean acogidos» conmovió de tal modo a la gente que, a los dos meses ya estaba en construcción el primer manicomio del mundo. Y cinco años después fundada la cofradía que debía atender los gastos de su mantenimiento, con el título de Nostra dona Sancta María dels Ignocents. Y como imagen representativa, la Virgen en posición yacente para ser colocada sobre los féretros de los fallecidos. Pero en el año 1493, habiendo decidido manicomio y cofradía separarse para cumplir cada fundación sus propios fines, la cofradía tomó el nombre de Mare de Déu dels Desamparats; con la imagen de la Virgen erguida y dos pequeños a sus pies bajo su manto, como muestra de amorosa protección. Nombre que definitivamente se redujo en Madre de los Desamparados (Mater Desertorum, en el latín de la Iglesia), cuando el 12 de mayo de 1923 tuvo lugar su coronación canónica con la inclusión por el papa Pío XI de este título latino en la letanía lauretana a la Virgen. Un singular privilegio de universal repercusión, ya que representaba ser pronunciado en todas las lenguas habladas del mundo cuantas veces se rezara el rosario a la Virgen. Y para que apreciemos en su justo valor la excepcional distinción que tuvo el pontífice con nuestra patrona, baste saber lo siguiente: La letanía lauretana fue compuesta en Loreto (Italia) el año 1500 con la prohibición de añadirle más alabanzas a las originales. A pesar de ello, hasta entonces ya había recogido tres nuevas advocaciones en su historia, obligada por otros tantos mandatos pontificios: de Clemente X en 1675 con «Reina del Sacratísimo Rosario», a solicitud de esta arraigada Cofradía; de Clemente XIII en 1766 con «Madre Inmaculada», a petición de España y en favor de su patrona nacional; de León XIII en 1903 a su propia iniciativa con «Madre del Buen Consejo»; y de Benedicto XV en 1914 con «Reina de la Paz», también por propia voluntad. Conseguir la inclusión de nuestra Patrona había sido idea concebida por el canónigo magistral de nuestra catedral, Rogelio Chillida, actualmente en proceso de beatificación; y que trasladó al arzobispo valenciano, cardenal José Reig Casanova, para que formalmente cursara la obtención del mandato pontificio. Afamado predicador, el ilustre canónigo sufría un penoso defecto de tartamudez que, extraña y totalmente, desaparecía mientras pronunciaba sus alabados sermones. Como un milagro permanente que atribuía a la Virgen. Finalmente dejamos constancia de que, tras el título de nuestra Patrona e igualmente a motu propio de los papas, han sido añadidos a la letanía tres nuevas advocaciones: «Reina Asunta a los cielos» por Pío XII en 1951; «Madre de la Iglesia» por Pablo VI en 1964 y «Reina de las Familias» por Juan Pablo II en 1994.

 

Depositando a la Virgen de los Desamparados en la catedral tras el traslado desde su Basílica, para presidir la misa solemne de la festividad de la Patrona de Valencia y, por tarde, ser sacada en procesión por las calles de la ciudad.

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LA VIRGEN DORMIDA DE AGOSTO

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL  (publicado en LEVANTE. En  11/08//2010)

Desde hace 16 siglos viene celebrando el mundo cristiano la festividad mariana del 15 de agosto, conocida entre nosotros los valencianos como la Verge d´Agost o la Getaeta. En realidad su Asunción a los cielos, el último de los dogmas católicos definido por Pío XII el 1º noviembre de 1950. Pero, ¿viva o tras su muerte? El dogma no lo especifica; aunque grandes teólogos como lo fue el papa Juan Pablo II afirman que después de morir, como todos los humanos. Y si fue así sucedió en Jerusalén, en la casa de San Juan evangelista con quien vivía después de la crucifixión de su hijo Jesús.

Es como lo creyeron las primeras comunidades cristianas de Oriente, dando a este hecho y su festividad el nombre de koimesis (dormición). Y ante el silencio que de ello guardaron los apóstoles en sus evangelios, escribieron otros apócrifos, como el de la Dormición, detallando cuándo tuvo lugar, quién asistió en su último trance a la Virgen, qué sucedió con su cuerpo. Apócrifos en lengua copta que empezaron a circular por Egipto en el siglo V; a la vez que esta dormición era representada por el primitivo arte cristiano-oriental en iconos que llevaban a la casa de los moribundos, como afirmación de que la muerte es un sueño del que se despierta y la vida sigue más allá.

Sin embargo, en la iglesia occidental de Roma esta festividad no se introdujo hasta el siglo VII. Y no ya como dormición, sino como Asunción a los cielos, a semejanza de la Ascensión de Jesús. Si bien guardando la diferencia de que Jesús subió por su propio poder, mientras que la Virgen fue subida con el poder de la gracia divina; y de esta manera ascendente entre nubes, viene representándola el arte occidental en pinturas, frescos, bajorrelieves y tablas de la mejor imaginería. Pero con la excepción de que, dentro del mundo católico de Occidente, sólo España e Hispanoamérica optaron por imitar la representación de Oriente, con esas Vírgenes yacentes dormidas que todas sus iglesias sacan a la calle en las clásicas procesiones del 15 de agosto. Aunque, como valenciano y por el recuerdo que evocan, yo siento una especial predilección por dos de instituciones diferentes.

Una se encuentra en el Monasterio de la Trinidad de nuestra ciudad. No en su templo, sino en el altar erigido en el hueco de un largo corredor de la segunda planta, nada más salir del ascensor. No resulta fácil resistirse a tomar la mano de esta Virgen dormida, para depositar en ella un beso de devota admiración. Es el gesto que le rinden sus monjas clarisas desde tiempo inmemorial. Antes sobre la imagen original, con brazo y mano articulados, desaparecida en poder de los revolucionarios que asaltaron el monasterio en la contienda civil de 1936. Y ahora sobre una copia fiel, regalo de una monja clarisa ya fallecida, deseosa de mantener esta tradición.

La otra es la que saca a la calle en procesión el cabildo de nuestra catedral, porque trae el recuerdo de aquella riquísima almohada sobre la que reclinaba su cabeza la Virgen. Un regalo del arzobispo San Juan de Ribera, confeccionada en 1600 por una importante dama familiar suya engarzando 38.170 perlas de diferentes tamaños, esmeraldas y turquesas. Rica obra de arte, en cuyo centro figuraba la Virgen con una corona de rubíes sobre su cabeza, sostenida por la Trinidad en actitud de coronarla. Y el nombre de María también en rubíes, con el escudo personal del arzobispo bordado en las cuatro esquinas. Desapareció con el robo sacrílego perpetrado en la catedral el 2 enero de 1879, sin lograrse su recuperación; pero dejando el testimonio de la devoción oriental del arzobispo por esta koimesis de la Virgen, como Patriarca de la Iglesia de Antioquía (en Oriente) que también era.

Ver en la foto que ilustra este artículo que corresponde al altar mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Benimaclet, fundada por el propio Patriarca y arzobispo de Valencia, San Juan de Ribera, cómo en su retablo figuran representadas ambas concepciones de la subida a los cielos de la Virgen: destacando por su tamaño la Asunción a los cielos (de Occidente); pero a sus pies, yacente en el nicho, la koimesis o dormición (de Oriente). Las dos veneradas por San Juan y que quiso dejar plasmadas en esta parroquia por él fundada, tomando terreno de los límites que pertenecián a la parroquial de Santo Tomás y Felipe Neri de la ciudad de Valencia.

 

Altar Mayor de la iglesia parroquial Ntra. Sra. de la Asunción, de Benimaclet-Valencia, con la imagen de la Virgen asumpta a los cielos en medio de angeles (en el camarin superior del retablo); y figurando "gitadeta" o dormida (en el camarin inferior.

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SEPTIEMBRE MARIANO

J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL  (publicado en LEVANTE en 3 septiembre 2010)

Como sucede cada año en la vida política, también la religiosa recobra su pulso normal con la llegada de septiembre; y aunque ambas discurren por caminos y fines distintos, sería de agradecer entendieran esto de una vez desechando todo enfrentamiento y aplicándose cada cual a lo suyo. Por más que la jerarquía eclesiástica venga esgrimiendo en su defensa que \"la Iglesia no puede callarse ante la degradación moral de la legislación\"; como afirma, por ejemplo, en el tema del aborto.

No obstante lo positivo es que el pueblo devoto, pasando de ambientes enrarecidos, se dispone a celebrar en este septiembre el tradicional rosario de festividades en honor de la Virgen que a lo largo y ancho de toda la geografía nacional nos trae el calendario. Más que el resto del año y bajo mil distintas advocaciones, quedando corto el mes para acogerlas a todas.

Son títulos marianos, algunos relacionados con bellos parajes naturales donde se le han erigido preciosos santuarios, como el de la Cueva Santa, Aguas Vivas, Guadalupe, Nuria, Covadonga, Aránzazu, Lluch, Valvanera, etc., en los que teólogos modernos han descubierto el valor ecológico que subyace en la religiosidad popular. Otros, en cambio, reflejan variados estados emocionales de la persona, como la Virgen de las Angustias, de los Dolores, de la Alegría, de la Merced, del Remedio, del Consuelo, etc., indicando su maternal asistencia a la persona en cualquier circunstancia de la vida. No obstante, sin menoscabo de la admiración por todas ellas, merece resaltarse la del Consuelo por ser la más extendida en los cinco continentes desde finales del siglo XVI y el especial sentido de su devoción.

Una universalidad que le viene por dos motivos: Que su culto, según la tradición, lo promovieron nada menos que San Agustín y su madre, Santa Mónica, a los que se les apareció la Virgen vestida con una túnica y cinturón negros, origen del hábito que visten los religiosos agustinos; y que su devoción la colmaron de indulgencias los papas. Hasta el punto que, habiendo solicitado a Clemente X el embajador del rey Carlos II de España, don Pedro de Aragón (1611-90), duque de Segorbe, una indulgencia para su familia, le respondió: "Tome el cinturón de San Agustín que las tiene todas". Con esta frase le invitaba el pontífice a ingresar en la archicofradía de la Virgen del Consuelo, fundada entonces en Bolonia con el título de "los Cinturados de San Agustín y Santa Mónica".

Aunque hay otra razón para esta generosidad de los papas; y es la influencia que sobre ellos ejercieron en aquella época los religiosos agustinos. Así, el P. Ausani consiguió del pontífice la aprobación de un oficio litúrgico exclusivo para la fiesta del Consuelo; y su traslado del 11 de noviembre al 4 de septiembre con el fin de dejar unidas para siempre las tres grandes celebraciones agustinas: Santa Mónica (27 agosto), San Agustín (28 agosto) y en su octava, la Virgen del Consuelo. Mientras que otro agustino que alcanzó a ser sacristán de Pío VII, el P. Menochio, consiguió elevar el oficio de la Virgen a la categoría de rito especial; y dar a su fiesta el sentido de plegaria por la paz en el mundo, esperanza y Consuelo en obtenerla.

En nuestra ciudad hay una iglesia donde se la venera reuniendo todos los elementos agustinos tradicionales. Es la parroquial de Santa Mónica, al principio de la calle de Sagunto. Porque se levanta sobre los restos de un antiguo convento de "mónicos descalzos de San Agustín" al que el arzobispo San Juan de Ribera regaló en 1604 su impresionante "Cristo de la Fe" Y su imagen de la Virgen del Consuelo también es donación de las religiosas agustinas del cercano convento de San Julián, al ser derribado en 1944. Consta que en 1570 fue visitado por dicho arzobispo y que al ver esta imagen pobremente vestida, se quitó su capa pluvial y la puso sobre la Virgen donándola. Para que las monjas le confeccionaran con ella una bella y rica vestimenta.

J. Antonio Domenech Corral

Imagen de la Virgen del Consuelo que se venera en la iglesia parroquial de Santa Mónica de Valencia

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LEPANTO, EL GRAO Y EL ROSARIO VALENCIANO

 J. ANTONIO DOMÉNECH CORRAL (publicado en LEVANTE en  7 Octubre 2010)

En nuestra edad escolar aprendimos que tal día como hoy del año 1571 tuvo lugar en Lepanto la victoria naval española «más gloriosa que vieron los siglos», según el testigo de excepción que tomó parte en la batalla, quedando tullido en ella Miguel de Cervantes. También que mandaba la escuadra el hermano de Felipe II, don Juan de Austria y el papa Pío V, para que la cristiandad guardara perpetua memoria, instituyó la fiesta de la Virgen del Rosario. Porque aquel acontecimiento suponía librarse Europa del grave peligro turco que la amenazaba.

Sin embargo, lo que no decían aquellas viejas «enciclopedias» que estudiamos es la notable participación en ella del Grao de Valencia. No con soldados, aunque también, sino con barcos construidos en los astilleros del Grao. Lo que no debe extrañar sabiendo que el mar es parte de la esencia valenciana y sus construcciones navales gozaron siempre de prestigio. Y que en este éxito de carpinteros y calafates valencianos colaboró también el arzobispo de Valencia Joan de Ribera, gran amigo y consejero del rey, acudiendo diariamente a los astilleros para incentivarles con regalos. Incluso más de una embarcación fue costeada por él.

También el arzobispo fue de los primeros en informarse de la victoria por sus propios mensajeros y de celebrarla con una solemne función religiosa en el convento de Santo Domingo; después de oficiar un solemne funeral por los soldados valencianos que perdieron en ella sus vidas e inscribirse en la cofradía del rosario del mismo convento con numerosas familias del Grao. Guarda el Archivo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi, fundado por el arzobispo, una «Relación» con la carta que la ciudad de Valencia envió a Felipe II felicitándole por la victoria, que empieza así: «Señor con letras de oro debiera comunicar a V. M. el regocijo que en esta ciudad tenemos, y escribirlo en láminas de bronce para memoria de los siglos venideros, de la mayor victoria que han tenido las Armas de su Magestad Cesárea…»

Pero lo novedoso actualmente en esta fiesta del rosario, y conviene recordar, es el notable protagonismo alcanzado por el capellán de la Iglesia del Patriarca, don Gonzalo Gironés Guillem, feliz creador del denominado «rosario valenciano». El estreno de su rezo público por las calles de nuestra ciudad ya tuvo lugar tiempo atrás, colaborando el Centro Mariano de Valencia a su difusión. Y la novedad que ofrece es la tanda de cinco misterios, llamados «iniciales», que añade a los tradicionales «gozosos», «dolorosos» y «gloriosos» que permanecían invariables desde su aprobación por el papa Pío V hace más de cuatro siglos. Y son «Iniciales», como prólogo revelador en el Antiguo Testamento a la futura venida de Cristo.

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